V Domingo de Pascua, 14 de mayo del 2017

En la segunda lectura hemos escuchado a San Pedro que nos trata un tema de la mayor trascendencia para nuestra Iglesia, cuando se dirige a los laicos diciéndoles: “Ustedes también son piedras vivas, que van entrando en la edificación del templo espiritual, para formar un sacerdocio santo, destinado a ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios...

 

Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México.

14 de Mayo del 2017. V Domingo de Pascua.

 

 

En la segunda lectura hemos escuchado a San Pedro que nos trata un tema de la mayor trascendencia para nuestra Iglesia, cuando se dirige a los laicos diciéndoles: “Ustedes también son piedras vivas, que van entrando en la edificación del templo espiritual, para formar un sacerdocio santo, destinado a ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios... Ustedes son estirpe elegida, sacerdocio real, nación consagrada a Dios y pueblo de su propiedad, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable”.

Los sacrificios espirituales agradables a Dios, lo que los laicos deben consagrar con su poder sacerdotal, es el mundo, todas las realidades terrenas. La animación cristiana del mundo es la obra sacerdotal encomendada por Cristo a los laicos. Cuando en la Santa Misa decimos: “Bendito seas Señor, Dios del universo, por este pan y este vino, frutos de la tierra y del trabajo del hombre”, estamos ofreciendo a Dios, algo más que pan y vino, estamos presentando la ofrenda grande y total que abarca toda la actividad humana, estamos ofreciendo por medio de Jesucristo, todos los trabajos, compromisos y dolores de los fieles laicos, que hacen posible la transformación de nuestro mundo.

Los laicos, como todos los miembros de la Iglesia, participan de la triple función: profética, sacerdotal y regia. Pero deben realizar esta misión específicamente en el ámbito de lo temporal, en orden a la construcción de la historia, “gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios”. Lo típicamente laical está constituido, en efecto, por el compromiso en el mundo, entendido éste como marco de solidaridades humanas, como trama de acontecimientos y hechos significativos, en una palabra, como historia. Su misión profética tiene como campo el ancho mundo del pensamiento, de la palabra, la expresión multiforme y los valores que sostienen la sociedad. Su misión sacerdotal lleva a los laicos a lo celebrativo y al mundo de los símbolos y signos, enriqueciéndolos con el arte y la comunicación; el ejercicio de su sacerdocio laical los debe llevar a la profunda transformación del mundo hasta ponerlo en las manos del Creador. Su misión regia compromete a los seglares en el universo de las estructuras familiares, sociales, políticas, educativas y económicas, a fin de que se realice el proyecto salvífico de Dios en el aquí y en el ahora.

Es evidente que el laico goza de autonomía y responsabilidad propias en su compromiso temporal, así se lo reconoce el Concilio Vaticano II, cuando dice que los laicos “conscientes de las exigencias de la fe y vigorizados con sus energías, acometan sin vacilar, cuando sea necesario, nuevas iniciativas y llévenlas a buen término”. En el vasto y complicado mundo de las realidades temporales, los fieles laicos deben buscar y promover el bien de la comunidad, en defensa de la dignidad del hombre y de sus derechos inalienables, en la protección de los más débiles y necesitados, en la construcción de la paz, de la libertad, de la justicia;  en la creación de estructuras más justas y fraternas los seglares deben guiarse por los criterios siempre actuales del Evangelio y por la enseñanza social de la Iglesia.

Con cuánta alegría voy constatando que un gran número de fieles laicos de esta Arquidiócesis se van comprometiendo en la difusión del Evangelio, ejerciendo diversos ministerios, servicios y funciones en la comunidad cristiana. Con satisfacción veo que en nuestra Iglesia va creciendo la conciencia en los laicos de su responsabilidad evangelizadora y misionera; no son pocos los seglares que afortunadamente reclaman el lugar que les corresponde en los diversos niveles de la estructura eclesial y en especial en los Consejos Pastorales. Ya son muchos los laicos que se están preparando para ser  protagonistas en torno a las parroquias y vicarías, sino también para llegar a los ambientes más alejados del influjo del evangelio. Con cuánta esperanza contemplo e impulso a los seglares que están penetrando las más diversas realidades de nuestra gran ciudad para dar su contribución en la necesaria transformación social a la luz del Evangelio y de la Doctrina Social de la Iglesia.

Ustedes queridos fieles laicos son Agentes clave de la Evangelización que se debe dar en esta nuestra querida Arquidiócesis. En efecto, su presencia en ambientes y sectores de la vida social los convierte en fermento vital para la renovación indispensable y urgente del tejido social, por esto, con insistencia pido, sean apoyados para que puedan desempeñar adecuadamente la tarea evangelizadora que les corresponde, como consecuencia de su bautismo, en comunión y colaboración con los religiosos y religiosas y con el testimonio y acompañamiento de los sacerdotes.

Sin duda alguna siguen resonando en nuestros oídos y en nuestros corazones las palabras que nos dirigió el Papa Juan Pablo II en el Estadio Azteca: “La nueva evangelización será semilla de esperanza para el nuevo milenio si Ustedes, católicos de hoy, se esfuerzan en transmitir a las generaciones venideras la preciosa herencia de valores humanos y cristianos que han dado sentido a su vida... Ustedes, jóvenes y muchachos que miran hacia el mañana con el corazón lleno de esperanza, están llamados a ser los artífices de la historia y de la evangelización ya en el presente y luego en el futuro... Ustedes, jóvenes de México y de América, han de procurar que el mundo que un día se les confiará esté orientado hacia Dios, y que las instituciones políticas o científicas, financieras o culturales se pongan al servicio auténtico del hombre... Vayan Ustedes decididamente a evangelizar el propio ambiente para que sea más humano, fraterno y solidario; más respetuoso de la naturaleza que se nos ha encomendado...”

Para vivir en plenitud el sacerdocio real que se nos dio en el bautismo acerquémonos confiadamente a nuestro Único Sacerdote, ofreciendo con él, el Único Sacrificio agradable al Padre y en este sacrificio ofrezcamos nuestros gozos y fatigas de cada día. Para poder proclamar las obras maravillosas de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable, organicémonos en nuestras parroquias, movimientos, organizaciones e instituciones al servicio del evangelio y sobre todo animemos a aquellos que quieren evangelizar a los más alejados del influjo del Evangelio y a aquellos que en medio del mundo dan testimonio de los valores evangélicos siendo honrados, trabajadores, multiplicando las fuentes de trabajo, sirviendo como burócratas, en el complejo mundo  de los negocios, de la política y de los medios de comunicación etc.

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