PORTADAS DE LA CATEDRAL DE MÉXICO

La Catedral de México ostenta siete puertas. Tres corresponden a su fachada principal, dos a los brazos del crucero y las otras dos a los pies del templo, hacia el norte. Cada una de las puertas citadas es el centro de una portada. Como cada una de dichas portadas revela un espíritu de arte peculiar y diverso, es necesario estudiarlas separadamente.

Comenzaremos por las más antiguas: las que se abren del lado del norte. Es seguro que estas portadas son las más primitivas de nuestra iglesia mayor. No sólo lo revela su estilo, sino los datos históricos que poseemos acerca de la construcción del edificio: puede asegurarse que para 1615 estaban concluidas. Su espíritu parece invocar el de aquel hombre tétrico y genial que se llamó Felipe II. No existe en la historia del arte de América construcciones más apegadas al llamado herreriano que tales puertas, que sólo pueden ser igualadas por las interiores de la sacristía y la sala capitular. Revelan una austeridad inigualable: sobrias pilastras dóricas talladas en chiluca criolla, nombre que se aplica al granito, a esta piedra que hiere nuestras manos con el rigor de su dureza simbólica encuadran la portada. Las pilastras sostienen un frontón triangular; a los lados, exiguos ornatos piramidales y al centro la puerta con arco de medio punto que ofrece por adorno único la clave graciosamente esculpida; son puertas terríficas por las que sólo parece penetrar a gusto a nuestra santa iglesia, el helado viento del norte a que se abren gustosas. Un detalle más humano como obra del transcurso del tiempo se encuentra en el propio ábside del templo vigilado por estos dos centinelas laterales: un nicho construido en suave estilo neoclásico con el Cordero Pascual; abajo de él se lee una inscripción tomada del Salmo CXIV: LAUDATE DOMINUM OMNES GENTES.

Tales son las portadas del lado del norte de la catedral.

 

En antigüedad siguen las tres portadas que decoran la fachada principal. Comencemos por la del centro. Su historia es complicada. Fué concluida en 1672, durante el gobierno del virrey marqués de Mancera, pero esto debe entenderse en lo que se refiere hasta la cornisa del segundo cuerpo, porque la parte alta fué construida en época posterior.

Describamos esta magnífica obra de arte del virreinato. El primer cuerpo consta de dos pares de columnas de orden toscano que equivale al antigua dórico, coronadas por su entablamiento completo con triglifos y metopas y la cornisa sostenida por canecillos. Las columnas forman resaltos a ambos lados de la estructura y entre ellas se ven nichos con grandes estatuas de piedra de Villerías, que representan a los apóstoles San Pedro y San Pablo. En el segundo se lee claramente la firma de Miguel Ximénez y la fecha 1687. Es casi seguro que él mismo fue el autor del gran relieve que ocupa el cuerpo central de esta portada, que podemos describir así: sobre la cornisa del primer cuerpo se levanta un ático con su resaltos correspondientes a las columnas que sirven de pedestales a otras de orden jónico, cuyo primer terció está adornado con fajas en forma de sierra y los otro dos acanalados: los capiteles son jónicos de balaustre.

En los intercolumnios se ven dos estatuas que representan diversos santos; el centro se halla ocupado por un gran alto relieve tallado en la misma piedra de Villerías; su asunto es la Asunción de Nuestra Señora, patrona de la santa iglesia, y la obra está trabajada con gran sentido artístico no exento de audacia, como convenía a semejante lugar. El marco que lo circunda, hecho de cantera suave, recuerda los marcos tallados y dorados de madera. Sobre este segundo cuerpo se ve igualmente un entablamiento completo. El friso es convexo, todo cubierto de finos relieves, como correspondía al estilo barroco en que está construida la obra. La cornisa corresponde al mismo estilo jónico. Sobre dicha cornisa, pero obra ya muy posterior, se desplanta un gran ático con pilastrillas que prolongan las columnas hacia lo alto y entre las cuales se ven finos motivos esculpidos en piedra. Al centro, sobre el gran alto relieve, un medallón orlado de guirnaldas con el escudo nacional que antes, naturalmente, era el escudo real de España. Diversos artífices trabajaron en la obra de este escudo. Parece ser que era de piedra dorada con guarniciones de bronce también dorado. A fines del siglo XVIII se pagan al platero Caamaño mil ochocientos pesos por dos coronas y dos bandas con sus letreros, todo de bronce dorado, para las columnas y el Plus Ultra del escudo de armas. No sabemos si tal escudo existía o fué derribado cuando se levantó el cuerpo central de la iglesia, ya en época de Tolsá, para construir el reloj; sin embargo, las cuentas seguidas indican que se hizo todo en la misma fecha. Corona el ático de que hemos hablado un frontón curvilíneo que descansa en las pilastrillas más exteriores del ático y en dos fajas que prolongan hacia arriba las otras dos pilastrillas. Sobre toda esta estructura se levanta el cubo que sostiene el reloj que se halla coronado por el gran grupo de las tres Virtudes Teologales, esculpidas en piedra por el insigne artífice Manuel Tolsá. Las seis piedras de chiluca de una vara y dos tercios para estas estatuas costaron mil pesos y las vendió don Marcos de León. Bastantes dificultades hubo para traerlas desde la cantera al sitio donde debían ser labradas y todavía resultó que los oficiales del escultor Sandoval desbastaron la piedra más importante con tanta torpeza que la echaron a perder y él se obligó a traer otra igual a su costa, para la obra. Tolsá cobró por las tres estatuas cinco mil quinientos treinta y nueve pesos, más mil quinientos por la cruz y cáliz para la Fe, el ancla para la Esperanza y la llama para la Caridad, todo de bronce dorado a fuego. Su recibo tiene la fecha de 10 de diciembre de 1812. Tolsá, artífice genial que salva con su sola presencia nuestro paupérrimo arte neoclásico, elabora tres figuras que bastan a darle nombre a quienquiera. No son del todo originales: en las viejas esculturas de piedra que coronan la fachada que ve al norte del Sagrario, se pueden encontrar sus modelos, pero Tolsá desarrolla en ellas su genio escultórico que debe su éxito a beber amalgamado con el espíritu académico neoclásico, muy Luis XVI, algo del fuego inextinguible del arte barroco que él había aprendido bien de aquel incomparable artista barroco, quizás el único escultor barroco por antonomasia, el Bernini. Así, esta trilogía, esta unificación de dramas, de los dramas más acendrados que la humanidad haya presenciado en sus tres símbolos supremos, la Fe, la Esperanza y la Caridad, se ven representadas en una forma más arquitectónica, más que escultórica, humana, casi divina. Hay que ver de cerca desde una de las torres tal grupo para darse cuenta del significado artístico y espiritual que encierran: el niño que se acurruca a los pies de la Caridad, con un sentimiento que le hace olvidar su papel de santo de iglesia, atisba hacia abajo y se estremece ante el peligro del abismo que se abre a sus pies; así, la matrona lo socorre no por el frío o el hambre que siente, sino por el pavor humano que lo invade. La portada ostenta una gran inscripción votiva en el ático que corona el primer cuerpo, que dice así:

"D. O. M. SS.mx Q. V. L. MARIAE IN CIELOS ASSUMPTAE.

Car.o II Hisp.um Rex & Reg.a. Gen.ix. D. Mariana Tut.x & Regn.um Gouer.ix Regioque nomine. D. Ant.o || Sebast.o. Toledo Marchio de Macera. Nou.x. Hispa.x Prorex. hoc fidei testim.um a. Car.o Io. Inuic—|| to Imp.re. V. cu. Cathol.ca Relig.e in hoc Nouo Orbe fundatum &. a. trib.o Pijs Successorib.o Philip || pis Reg.o expensis extructum in reuerentix & gratit.a monumentu. D. O. C. Anno 1672. || Non fecit taliter omni Nationi.—Psalm; 147."

A los lados de esta portada principal y separadas de ella por grandes contrafuertes que se unen al cuerpo del edificio por medio de ménsulas invertidas, aparecen otras dos magníficas portadas cuya descripción puede sintetizarse así: el primer cuerpo es del mismo estilo dórico, o sea toscano, que la principal, con su entablamiento completo, pero a un nivel más bajo que el de la portada central. El arco igualmente de medio punto, con graciosa clave en su centro. Sobre la cornisa un ático con los resaltos correspondientes al cuerpo bajo que marca el entablamiento de las columnas. Sobre ese ático se ven, a los extremos, correspondiendo a las columnas inferiores, dos pares de columnas salomónicas de grueso relieve, enrollado su fuste con ornatos entre los salientes. Los capitales son corintios y corona todo un entablamiento completo, más sobrio que el de la portada central. Al centro, en marcos que imitan obra de ensambladura, se ven dos altos relieves, en piedra de Villerías, que representan, uno el momento en que Jesús entrega las llaves de la Iglesia a San Pedro, y el otro, de bellísima inspiración, la nave de la Iglesia.

Hasta esta cornisa que corona los cuerpos descritos, se había terminado la obra en el siglo XVII. A fines del siglo XVIII, cuando se concluyó d edificio, se agregaron los remates que pueden verse aún y que constan fundamentalmente de un escudo pontificio en un medallón orlado por guirnaldas y macetones a cada lado del escudo, a cuya vera se ven niños esculpidos en piedra. Estos niños son obra del escultor Ignacio Sandoval, que cobró por cada uno cien pesos según recibo firmado el 31 de diciembre de 1790.

Es sin duda por tal diferencia de fechas entre las dos construcciones, por lo que se puede notar la diversidad entre ambas obras: a un barroco mesurado de la parte baja, corresponde arriba una concepción mucho más ornamentada; desde luego se ha roto la escala: esos niños traviesos que están jugando al lado de los macetones, nada tienen que ver con las figuras hieráticas, proporcionalmente más pequeñas, que se ven en la parte baja. Fué Ortiz de Castro el autor de dichos remates, como puede verse en su proyecto, y la realización parece haber sido perfecta. El espectador se siente conminado por varias tendencias: desde el punto de vista crítico, indudablemente es un error haber agregado motivos que disuenan con la estructura solemne de la parte baja. Desde un punto de vista más humano, en que el arte olvida sus togas doctorales y se dirige al espíritu en forma directa, este sentido más realista, más pintoresco, nos conmueve y nos agrada. ¡Qué mucho que la fachada del templo haya perdido en homogeneidad lo que ha logrado en sabor humano, en vitalidad, en espíritu! Los que antes censuramos tales discordancias, no podemos menos de, reconociéndolas, tolerarlas en una comprensión más amplia y más magnánima de la crítica.

La portada que mira al lado del poniente fué concluída el 5 de agosto de 1688, gobernando la Nueva España el virrey conde de la Monclova. Se conoce que sufrió algún menoscabo al correr de los años, para según la inscripción que reproducimos, fué reedificada en 1804.

Es esta portada del templo catedralicio una buena muestra del arte barroco sobrio. Se compone de tres cuerpos y un remate. El primero consta de dos pares de columnas dóricas, léase toscano, con su entablamiento íntegro. Entre cada par de columnas se ven nichos con estatuas de mármol que representan diversos santos. El segundo cuerpo se halla formado primeramente por un ático en cuyo centro se lee la incripción conmemorativa que a seguidas reproducimos:

"REYNANDO EN ESPAÑA Y EN ESTE NUEVO MUNDO EL CATOLICO CARLOS 2o. Y SIENDO VIRREY DE ESTA NUEVA ESPAÑA DON MELCHOR PORTOCARERO LAZO DE LA BEGA, CONDE DE LA MONCLOVA, SE FENESIO ESTA REAL Y ESPECIOSA PORTADA EN 5 DE AGOSTO DE 1688 AÑOS. Y SE REEDIFICO EN 1804."

Sobre el ático se desplantan cuatro columnas jónicas que corresponden a las inferiores. En los intercolumnios, ventanas alargadas con remate trapecial y al centro una más amplia con remate escarzano y su marco ornamentado con discretos relieves en piedra. Lo mismo que un pequeño antepecho que descansa sobre el ático. Sobre la cornisa del entablamiento jónico del segundo cuerpo hay otro ático más pequeño, con sus resaltos proporcionados. El tercer cuerpo no ofrece sino dos columnas salomónicas con ornatos en relieve en las entalladuras de su curva y con capiteles corintios, como corresponde al sitio en que están colocadas. A los lados de las columnas dos nichos con otras dos esculturas de santos, en piedra de Villería. Al centro una gran ventana circular con su perímetro ornamentado con relieves en piedra y circunscrita toda ella en un marco rectangular. Esta disposición parece improvisada y no causa buen efecto. El entablamiento del tercer cuerpo se prolonga a ambos lados del frontón roto que constituye el remate, para cobijar las estatuas que se ven a los lados. El remate se halla constituido por el frontón roto de que hemos hablado, que esta apoyado en un muro de bellas curvas laterales terminado por un cornisuelo curvilíneo rematado por una cruz. El espacio libre que se ve entre las cornisas que forman el frontón estuvo ocupado por un gran escudo con las armas reales de España. En la actualidad se ve desnudo, con gran mengua de la composición arquitectónica de la portada.

Por el lado del poniente del templo se ve otra portada, semejante a la anterior en un todo. La inscripción que ostenta en un medallón ovalado dice así:

"REYN.do EN ESPa. Y EN ESte Nuevo Mudo. el Catho. Carlos II y siedo virrey, desta Na. Espa D. Melchor Portocarrero Laz.o de la Vega Code de la Mocloua se dio principio a esta Real y Especiosa Portada en beinte y siete de Agosto de 1688 años se acauo 8 de Octubre de 1689 años gou.do el Ex.mo Sr. D. Gaspar de Silva Code de Galu.e"

 

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