LAS TORRES

Hemos hecho anteriormente una historia detalla da de la construcción de las torres de la Catedral de México. Vamos ahora a estudiarlas desde su punto de vista artístico porque son, a no dudarlo, las torres más originales y grandiosas que pueda ostentar cualquier catedral, dentro de la época en que fueron construidas.

El modelo para la construcción fué el cuerpo bajo de la torre del lado del oriente, terminado desde el siglo XVII. Efectivamente, si lo analizamos en detalle, vemos que su estructura se apega a la concepción clásica, en tal forma que casi diríamos que es una torre herreriana. Es un cuerpo simplemente apilastrado con cuatro pilastras dóricas en cada lado, que descansan sobre un basamento. Su entablamiento es completo: arquitrabe, friso, con gotas en los triglifos y cornisa ampliamente volada. En cada cara hay cinco campaniles; uno grande al centro, arriba del cual se ve claramente un espacio en blanco en el que se encontraba antiguamente el escudo de las armas reales de España. En las entrecalles de las pilastrillas laterales hay otros dos campaniles, uno sobre otro, de modo que, en conjunto, tiene el primer cuerpo veinte campaniles, aparte de la gran campana que debía colgar en el centro.

En el apartado siguiente vemos cuáles fueron las campanas que se colgaron en estos campaniles de las torres. Cada campanil se halla limitado por una balaustrada de piedra que indudablemente fué colocada al fin, cuando la iglesia fue concluida.

El segundo cuerpo de la torre ostenta antes que nada una balaustrada que circunda toda la cornisa del cuerpo bajo, con perillones en las pilastrillas que corresponden a las pilastras inferiores.

Hemos dicho que el arquitecto que resolvió el problema de las torres fué José Damián Ortiz de Castro, y en la resolución de tales cuerpos y del remate vemos el genio de este extraordinario arquitecto. El problema se presentaba en efecto difícil, porque el primer cuerpo era bastante pesado, casi para soportar dos más, como en la catedral de Puebla. Pero entonces las torres hubieran resultado desproporcionadamente altas, como lo son las de la catedral angelopolitana. Entonces construye un segundo cuerpo que procura aligerar lo más posible y un remate que en su altura corresponde casi a un tercer cuerpo. Vamos por partes: el segundo cuerpo se halla constituido por pilastrones formados de un núcleo y dos pilastras adosadas de orden jónico que sostienen un entablamiento también jónico. Mas en vez de ser una estructura compacta como la del primer cuerpo, Ortiz de Castro imagina una estructura ochavada, inscrita dentro del rectángulo que forman los cuatro pilastrones, y lo logra mediante pilastras aisladas que ofrecen un campanil con arco de medio punto en la parte baja, y una ventana en la parte alta. La división entre estos dos miembros arquitectónicos se halla constituida por una faja de piedra que se prolonga horizontalmente dentro de las pilastras hasta encontrar su compañera en el otro espacio, y así sucesivamente. Para asegurar la estabilidad, establece cinchos de acero que ligan las pilastras exteriores con el cuerpo interior. Por tal sistema logra construir un segundo cuerpo que, a la vez que continúa el estilo del cuerpo inferior, es más ligero y ofrece a la torre un aspecto calado desde diversos puntos de vista.

Sobre el gran cornisamiento volado se ve la balaustrada, correspondiente a la del primer cuerpo, con sus pilastrillas a los ejes de las pilastras inferiores y con basamentos que corresponden a los pilastrones angulares, sobre los cuales se levantan grandes esculturas que completan el ornamento de las torres, dándole una escala ascendente de ornato que se encuentra dentro de la más perfecta lógica. Hemos hablado ya de estas estatuas y sus autores en la parte histórica. Debemos describir el remate. Sobre una especie de ático, con ojos de buey ovales hacia las caras de las torres y ventanillas en los ángulos, entre ménsulas invertidas que parecen sostener el remate, se desplantan grandes campanas de planta elíptica y vigorosamente tratadas. Su borde, en efecto, está constituido por una gran moldura y a las ménsulas invertidas corresponden fajas que dividen la superficie de las campanas. Tales fajes terminan en otra gran moldura que sirve de imposta para sostener cuatro grandes medallones ovalados de eje vertical, flanqueados por guirnaldas rematadas en florones. La campana se prolonga hacia lo alto y tiene por remate un ensanchamiento semiovoide con el borde rebajado en curvas y resaltado por una moldura angular. En este remate se prolongan las fajas del cuerpo de la campana hasta terminar en su centro, el cual sostiene una gran esfera de piedra rematada por una cruz. Hemos hecho la historia de estas grandes esferas con sus cruces, pero bueno es señalar que la cruz de piedra no tiene ninguna alma de hierro, sino que es simplemente la piedra la que se sostiene por sí sola y las esferas tienen un vástago de acero de tres varas que están sostenidos en la bóveda que se sostiene por sí sola y las esferas tienen un vástago por medio de una cruceta de hierro.

Tales son las torres de esta catedral, torres solemnes pero llenas de espíritu, de personalidad, que no se parecen a ningunas otras como hemos dicho, rematadas en esas dos gigantescas campanas que parecen sonar al unísono de los bronces que cuelgan en los campaniles, como si toda la iglesia quisiese uniformarse en un repique en que hasta la piedra se había vuelto sonora. Y así llaman a nuestros corazones cada vez que las vemos, cada vez que cruzamos frente a la plaza, cuando no podemos dejar de admirarlas.

 

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