CEMENTERIO DE LA CATEDRAL HOY CONOCIDO COMO ATRIO

La Catedral de México se encontraba rodeada de diversos edificios que se habían levantado a veces contra la voluntad de las autoridades civiles y eclesiásticas, pues habia sido imposible impedir su construcción. Así, por el lado que ve a las casas del marqués del Valle, hoy Monte de Piedad, existía una serie de tiendas con portales que fueron causa de un largo litigio entre la ciudad y el Cabildo eclesiástico, pleito que se solucionó dividiendo los ingresos entre ambas instituciones. También por el lado del Palacio Nacional se habían levantado otras casas, de manera que la iglesia se veía rodeada de edificaciones extrañas a ella. Duró esto bastante tiempo, hasta que la energía de un virrey acabó con semejante estado de cosas.

 Leemos en el Diario de Guijo: "1659. —Lunes 6 de octubre acudieron todos los soldados del presidio de esta ciudad por orden del virrey (duque de Alburquerque) a echar por el suelo las casas que ocuparan la delantera de la Iglesia Catedral que sale a la plazuela del maíz que parte de ellas eran de la fábrica de dicha catedral y parte de la ciudad, y a son de sus caxas y con barretas y cables dieron con ellas por tierra dentro de seis días, trabajando por sus personas, con que quedó la delantera de dicha puerta con toda hermosura y desembarazo. Y lo mismo se ha de hacer enfrente de la puerta de dicha catedral que mira a la calle del Relox, y enfrente de las tres puertas que miran a la plaza de la ciudad, para que por todas tres puertas puedan entrar carros y desembarazarse la catedral."

Una vez desembarazado el sitio del cementerio, se le cercó con un muro almenado que encontramos descrito de la siguiente manera, en el archivo del templo metropolitano: era de tezontle y cantería, bien construido, de media vara de grueso y dos y media de alto, con sus almenas separadas vara y tres pulgadas cada una. Comenzaba en el ángulo de las paredes de la Claveria (hoy oficinas de la Mitra), de oriente a poniente, en un tramo de veintiséis varas, dieciocho pulgadas. Daba vuelta al sur enfrente de la capilla de los Talabarteros y seguía de norte a sur en doscientas catorce varas, treinta y un pulgadas, a la distancia de cincuenta y una varas, ocho pulgadas de los muros del templo. Torcía el roturo de poniente a oriente, tenía longitud de ciento sesenta y cinco varas, once pulgadas, a la distancia de sesenta y cinco varas, catorce pulgadas del frente de la iglesia, pero no del todo paralelas sino que se inclinaba ligeramente al sur. Daba vuelta hacia el Sagrario de norte a sur y terminaba en él remetiéndose seis varas, de modo que la puerta del cuadrante quedaba fuera de la cerca, a fin sin duda de que los curas pudiesen administrar a deshoras los Sacramentos sin necesidad de abrir las puertas de la muralla del cementerio. Más allá del Sagrario seguía por el patio de los canónigos hasta llegar al "Colegio de Infantes" y distaba de la iglesia en este lugar cincuenta varas y tres pulgadas.

Podemos ver una reproducción gráfica de esta barda en el cuadro que representa la iglesia a fines del siglo XVIII, cuando se empezaba a construir la torre del poniente y que fué propiedad del ilustre historiador mexicano don Joaquín García Icazbalceta. En el cuadro podemos darnos cuenta de que la barda no era maciza sino calada, y las almenas, o mejor dicho, los merlones, presentaban la forma de pequeñas pirámides. El templo aparece en una plataforma de dos escalones sobre el nivel del cementerio y fuera de dicha cerca se encontraba la famosa cruz de Mañozca con su gran pedestal y al lado se ve una imagen del Santo Ecce Homo. El famoso Señor del Cacao. En los ángulos de la cerca aparecían pedestales con cruces de piedra, pero tales cruces eran demasiado pequeñas.

A partir de 1792 este muro que circundaba la Catedral fué derribado para sustituirlo con postes y cadenas, las famosas cadenas que constituyeron durante el siglo XIX el paseo clásico de nuestros románticos bisabuelos. Bien sabido es que en las noches de luna no se encendía el alumbrado público; tales noches eran llamadas noches oficiales de luna, así este veleidoso satélite brillara límpidamente en los cielos o estuviese oculto por densos nubarrones. Cuando acontecía lo primero, damas y caballeros, villanos y pleveyos, mozalbetes de toda jerarquía social se congregaban a lo largo de las cadenas para pasear a la luz de la luna y comer las mil golosinas que a su paso se les ofrecían. Todo un mundo de ensueño, de conversaciones románticas, de felicidad hurtada a los vaivenes políticos aparece en estos paseos a la luz de la luna que plásticamente han sido captados en forma inigualable por Casimiro Castro, el gran litógrafo que supo reproducir los aspectos más entrañables del México romántico de mediados del siglo XIX. Así es la pieza que reproducimos: todo un mundo de añoranzas y de saudades vivido en esta litografía. México se pasea a la luz de la luna en las cadenas que están frente a la Catedral.

Hubo varias alteraciones al derribar la muralla y colocar los postes; por ejemplo, en la línea que queda frente al Monte de Piedad, los postes se remetieron una vara y veinticinco pulgadas y en la línea que pasa frente a la plaza principal, dieciséis varas y quince pulgadas y quedaron en línea paralela. Es decir, la Catedral cedió a la plaza una gran faja de terreno. En tal fecha se quitó la cruz de Mañozca para colocarla en uno de los ángulos del nuevo recinto, sobre pedestales que dibujó el gran valenciano Tolsá. Como la cruz era más gruesa y se hallaba adornada con maravillosos relieves platerescos, fué desbastada suprimiendo dichos adornos, que parecían excesivos a los fríos señores neoclásicos. Se pensaba colocar la cruz en la esquina de San Francisco y en la otra esquina enfrente a Palacio, la que estaba en el cementerio de San Pedro y San Pablo. Como hemos dicho, la cruz de Mañozca no fué colocada en este nuevo sitio sino a la espalda del Sagrario, acaso porque su color rojo no cuadraba con el gris uniforme del templo. Ignoro si fué la cruz de San Pedro y San Pablo la que se colocó en lugar de la de Mañozca y es seguro que se hizo otra de cantera gris para completar el juego de las dos. Cruces bellas en su silueta, en su pedestal gracioso, complementan la decoración externa del templo, pero la reja que sustituyó a las cadenas en forma verdaderamente infeliz, les resta importancia. Ojalá que vuelva á ponerse el clásico cinturón de cadenas alrededor del magno templo.

Acerca del empedrado que rodeaba la Catedral, encontramos el documento que luego transcribimos: "Que por el frente principal se empedraron también de cuenta de la santa iglesia como unas dieciséis varas acia afuera de la banqueta, y por toda la línea de su frente, con el fin de igualar y suabizar las cuestas del dicho empedrado, que se hizo a dirección del ingeniero D. Miguel Constanzó de orden del Exmo. Sr. Virrey conde de Revillagigedo por todo el frente de la Igla y por el lado del sagrario; como así mismo a dirección del maestro Castera el del lado de las Escalerillas, con inclusión de su banqueta desde la esquina del altar mayor de la capilla de las Animas hasta el fin de la calle del Relox; con la prevención que para el referido empedrado de dichos tres lados no precedió aviso alguno del señor virrey, y de la N. ciudad a el Ve. Cauildo, ni a sus comisionados que vieron y dejaron correr libremente el empedrado; aunque como ha dicho tubieron después que componer las dieciséis varas del frente y vn pequeño pedazo del sagrario; y el costo de vno y otro no está incluido en esta cuenta, sino en la del cementerio. Por lo qual advierten pa que se tenga presente en los succesivos. Pha. ut supra. —Joseph Uribe, Juan Josef de Gamboa".

 

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