DESARROLLO DE LA FÁBRICA

 En la misma cédula antes citada se ordenaba que un oidor fuese nombrado superintendente de la fábrica y vigilase de cerca sus progresos. Consecuentemente con ello se siguió laborando, y en 1623 fueron cerradas las dos bóvedas de la sacristía, semejantes en el dibujo de sus nervaduras ojivales a las de la sala capitular. Tal hecho se ve conmemorado en la inscripción del arco que está sobre la puerta de la dicha sacristía: "Siendo comisario el señor Oydor Alonso Vásquez de Cisneros, hizo esta portada y cerró esta sacristía. Año de 1623". En 1624 y 1626 era maestro mayor de la obra Alonso Martínez López.

El primer virrey que inició la gran actividad en las obras de la Catedral fué el marqués de Cerralvo; hizo demoler la iglesia vieja y que los oficios divinos se verificasen en la sacristía recién terminada de la Catedral; allí se celebraron de 1626 a 1641, con gran incomodidad de los fieles por lo estrecho del lugar y la molestia de la obra que se iba desarrollando.
En esa época se cerraron las bóvedas de las dos primeras capillas del lado de la Epístola, la que sirvió de Sagrario, y la de San Isidro (1624-1627), y en su construcción se introdujo la novedad, acaso más importante que haberlas terminado, de construirlas con piedra de tezontle en vez de sillar de cantería que se usaba antes, a la manera gótica.


Debíase ello probablemente a la experiencia de los arquitectos que tuvieron una junta en la que, aunque no todos estuvieron de acuerdo, imperó la opinión de los más audaces o de los más prácticos. Así, cuando la Corte no pudo resolver el asunto y contestó al virrey dándole facultades para hacerlo, como más capacitado, el punto se decidió por el nuevo sistema. Para que no desmereciese la obra de las anteriores bóvedas góticas, se dispuso que las nuevas fuesen adornadas "con lazos, tarjas, y figuras de medio relieve en yezo, con perfiles dorados." En 1629 sobrevino una de las inundaciones más terribles que padeció la ciudad de México; en consecuencia se suspendió la obra y aun fué amenazada de muerte, pues que entonces se renovaron "los intentos antiguos, ya imposibles, de mudar la ciudad a lugar más oportuno". Es decir, que al trasladarse la ciudad a otro sitio, la obra de la Catedral quedaría como un mudo testigo de la grandeza de la vieja urbe indígena y después española. Pero nó: los tiempos cambian y, a pesar de inundaciones que no cesan, la obra continúa.

No poseemos noticia de que se haya reanudado sino en 1635, gobernando el marqués te Cadereyta, que empezó los trabajos con gran entusiasmo, pues en cinco años, hasta el de 1640 en que concluyó su gobierno, se terminaron las dos bóvedas de la capilla de los Reyes y cinco de las naves procesionales. De 1630 a 1643 aparece como maestro mayor de la obra Juan Gómez te Trasmonte, padre del arquitecto de igual apellido que mencionamos después. Este artífice propuso que se desbaratasen los cuatro pilares del crucero, por no ser bastante gruesos para soportar el peso del cimborrio. Para difundir ampliamente su proyecto, mandó imprimir un folleto en que explica sus razones. En el ejemplar que existe en el archivo del templo, en la última página, en blanco, se ve un dibujo a tinta del mismo arquitecto, que muestra la planta del pilar que proponía Gómez de Trasmontc. Abajo del dibujo se lee una nota manuscrita: "No se adoptó este proyecto que hubiera desconcertado la línea de todas las pilastras de la iglesia.— En Junio de 1664 se concluyó el Cimborrio y así este impreso es muy anterior a dicho año."

El virrey marqués de Villena, en el corto período de su gobierno, no tuvo tiempo para construir nada en la obra que adelantaba; pero, como si previese que su gobierno había de ser muy corto, hizo algo que, aunque provisional, se considera íntimamente unido a la obra de la catedral: logró techar de madera un gran espacio de la nave mayor, con lo cual y las bóvedas anteriormente concluidas quedaba el templo apto para ser empleado, admitiendo a los fieles en un espacio mucho más amplio que el de la sacristía donde hasta entonces se celebraba el culto divino.

Tampoco el señor don Juan de Palafox y Mendoza pudo hacer nada de notable por la fábrica material del templo, durante los cortos meses que tuvo a su cargo el virreinato de Nueva España. Empero, en su época se comenzó el basamento de la torre del oriente por Juan Lozano y Juan Serrano. Más aquel hombre infatigable no podía dejar sin su huella nada a cuya vera pasase; reorganizó los fondos de la fábrica; hizo efectivos algunos y aseguró otros que corrían peligro de escaparse.

El conde de Salvatierra logró ver terminadas dos bóvedas: una de la nave procesional que faltaba para completar tres de cada lado del templo y otra sobre una capilla contigua a las dos de la extremidad del sur que estaban techadas, capilla cuya advocación es la de Santa Ana o de la Concepción. Además, techase con una media tijera o "zaquizamí" el espacio de las tres bóvedas de la nave mayor que faltaban por construirse, de manera que quedó cubierta una pequeña catedral, al norte de lo que hoy es el crucero. En ella pudo tener lugar hacia febrero de 164S la consagración del arzobispo de México, don Juan de Mañozca, con tal suntuosidad que el cronista español Gil González Dávila da por concluido el templo en su Theatro Ecelesiástico le las Indias, fundándose en las noticias de la ceremonia que llegaron a sus oídos.

Durante el gobierno del conde de Alba de Liste (1650-1653) se comenzaron a labrar las tres bóvedas principales de la nave mayor que antes habían sido cubiertas con madera; para esto se corrió una imposta de cantería desde la capilla de los Reyes al crucero; sobre ella se levantaron seis arcos formeros, con sus correspondientes moros y ventanas, quedando listos todos para recibir sus claves. El arco toral inmediato al crucero quedó concluido. Además, se continuó la construcción de la torre del oriente, pues se acabó su basamento y se construyó el primer cuerpo hasta la mitad de los primeros campaniles. En 1651, con un acierto verdaderamente feliz, designó el virrey a don Fernando Altamirano superintendente y comisario de la obra. Hombre de acrisolada integridad, de energía infatigable, trabajador como pocos y entusiasta como ninguno, Altamirano identifica consigo mismo la obra puesta a su cuidado, vincula su honor con el adelanto del edificio, y así, desde entonces hasta 1664, fecha de su muerte, la rapidez con que progresa la construcción se debe a sus esfuerzos. E1 primer virrey que impulsó la construcción en una forma notable fué el duque de Alburquerque, que llegó en 1653. En primer lugar concluyó las tres bóvedas de la nave mayor comenzadas por su antecesor; en seguida trabaja en los brazos del crucero; construye los muros que sostienen los arcos en que descansan las bóvedas; labra los arcos y cierra las cuatro bóvedas que forman dicho crucero. Antes, indudablemente, para contrarrestar el empuje de las bóvedas del crucero, había cerrado las de las capillas que faltaban por cubrirse y dos de las naves procesionales inmediatas a dicho crucero. Edificó el presbiterio y los muros que limitaban el coro, los cuales fueron rematados por una tribuna volada de madera de cedro y tapincerán, "madera preciosísima deste Reyno, que sobre un leonado muy lustroso varió de negro artificiosamente la mesma naturaleza." Además, se concluyó el primer cuerpo de la torre del oriente hasta dejarlo cubierto con una bóveda y acabados sus veinte campaniles con otras tantas campanas, ocho que poseía la iglesia y doce que el virrey obtuvo de diversos lugares. Esta gigantesca tarea concluyó en 1660. Cuatro años antes, el 2 de febrero de 1656, el templo fué dedicado solemnemente, como reseñamos en otro capítulo. Entonces era arquitecto mayor de la fábrica el infortunado bibliófilo Melchor Pérez de Soto, cuyo trágico fin se registra en el proceso que le formó la Inquisición por astrólogo. Por las declaraciones del arquitecto se sabe que trabajaban además en la obra Hernández de Ulloa y Rodrigo (acaso Rodrigo Díaz de Aguilera, que de 1660 a 1672 aparece como maestro aparejador mayor, según adelante se verá). En una de las audiencias declaró Melchor que había prometido al virrey concluir en dos años las cuatro bóvedas del crucero.

De 1660 a 1664, durante el gobierno del conde de Baños, cerráronse las cuatro bóvedas de las naves procesionales, dos por lado, inmediatas a las que estaban construidas; dos bóvedas de la nave mayor y la cúpula del cimborrio; el anillo en que descansaba la linternilla fué cerrado el 10 de junio de 1664. Los arquitectos de la obra eran desde 1660 Luis Gómez de Trasmonte, con el cargo de maestro mayor, y Rodrigo Díaz de Aguilera con el de aparejador mayor y veedor.

Fué el marqués de Mancera quien concluyó totalmente el interior de la catedral, de 1664 a 1667.

Como decidimos, el marqués de Mancera concluyó el templo, y así sabemos por el testimonio dado por el escribano don Francisco de Zúñiga que el 22 de junio de 1667 fué cerrada la última bóveda del templo, es decir, la de la nave mayor que cae sobre la portada principal.

El 15 de diciembre de 1672 los arquitectos de la obra, que seguían siendo los mismos Gómez de Trasmonte y Díaz de Aguilera, rindieron un informe acerca de lo que se había trabajado en la obra desde la llegada del virrey, a don Jerónimo Pardo de Lago.

El mismo virrey, en la instrucción que dió a su sucesor el duque de Veragua, dice qué fué lo que se labró en su tiempo: "aplicando los medios que juzgué proporcionados, hice fenecer las bóvedas que halle comenzadas, edificar y perfeccionar tres de la nave principal y dos de las procesionales, y reparar y asegurar muy radicalmente la de la capilla de San Miguel que amenazaba ruina..."

Las bóvedas comenzadas a que se refiere el virrey, eran dos de las naves procesionales; por eso Sariñana dice que el número de las terminadas en dichas naves fué de cuatro.

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