HONRAS FÚNEBRES DE FELIPE IV

La primera gran ceremonia que se verificó en la catedral, concluida en su interior, fueron las honras fúnebres de Felipe IV que nos describe detalladamente el doctor don Isidro Sariñana. La noticia de la muerte del rey llegó a México el día 12 de mayo de 1666, y cuatro días después, el segundo correo con los pliegos de la reina, entre los que venía la cédula ordenando que se celebrasen las honras fúnebres a Su Majestad como siempre había sido costumbre. Se publicó en México la noticia de la muerte del rey el 26 de mayo en la forma solemne en que se acostumbraba, ordenando los lutos que deberían llevarse y los dobles que deberían tocar las iglesias de México. Tenemos la noticia curiosa de que en 1666 existían, en la capital del virreinato setenta y tres iglesias. Finalmente, dispone el virrey todo lo necesario para celebrar solemnemente las honras fúnebres en la catedral. Antes se verificó un novenario de misas por las diversas religiones establecidas en la Nueva España y después se efectuó otro en la catedral, según era habitual consagrarlo a las personas reales.

El túmulo que se levantó para esta fúnebre ceremonia fué obra de Pedro Ramírez, insigne arquitecto, y los artistas de diversas especialidades que en él trabajaron fueron ciento cincuenta. Se trabajó en el patio y aulas de la Universidad para mayor comodidad y se armó debajo del cimborrio de la catedral, que con este motivo viese descubierto por el interior, pues se le quitaron las cimbrias que se le habían dejado más de dos años. El cúmulo fué empezado a armar el 3 de julio y el 18 quedó completamente concluido y adornado con toda la cera que debería arder los días 23 y 24 del propio mes, designados para la ceremonia.

Es laboriosa la descripción de esta obra magna, en que vemos realizada la complicada idea del arte barroco; mas una lámina que ilustra el curioso libro, nos sirve para aclarar la reseña, así como para darnos cuenta de cómo se encontraba el interior de la catedral en 1666. Hay que notar que el grabador no reproduce la parte del templo que se encuentra al norte del arco toral del cimborrio, porque su grabado resultaría en extremo confuso, ya que había que sobreponer el dibujo del túmulo sobre la perspectiva posterior. Las cuatro columnas que sostienen la cúpula fueron revestidas con raso anteado, con tela de seda y trama de oro, bordada con flores negras resaltadas por cordoncillo de oro, y los flecos de las cenefas y franjones de las costuras eran de plata y negro. Las demás columnas estaban revestidas de bayeta.

El zócalo del túmulo ofrecia ocho pies de altura y cuarenta y cinco por lado; en sus cuatro costados se abrían escaleras de doce gradas y en las caras del zócalo, repartidos, dieciséis lienzos de pintura con diversos emblemas relativos al rey y sus virtudes. Sobre los cuatro resaltos que formaba el basamento se alzaban en cada uno cuatro columnas colocadas diagonalmente, de manera que el segundo cuerpo presentaba un plano en forma de cruz. Entre las columnas lucían estatuas, doce en total, tres en cada ángulo y en el centro un túmulo que descansaba sobre águilas posadas en nopales en cuya parte baja se veía la laguna y, encima del túmulo, la urna con los símbolos de la realeza: la corona, la espada y el cetro, sobre un cojín; todo ello coronado por el monograma del lábaro.

El segundo cuerpo descansaba sobre entablamiento completo y en cada uno de los ángulos se alzaron piras de cinco gradas que servían de pedestales a otras tantas estatuas de reyes. Correspondiendo a las columnas, hacia arriba, dieciséis pirámides servían de candelabros y se veían guarnecidas de cirios o rematadas por bolas que ostentaban hachas. El segundo cuerpo constaba de doce columnas que sostenían una techumbre ochavada con cuatro triángulos que correspondían a los salientes del cuerpo bajo; en el centro se erguía una estatua que representaba al rey, "en que la destreza de vn escultor sirviéndole de exemplar un retrato original de su Majestad, le copió tan al vivo, que casi pudo interrumpir las lágrimas con que le llorábamos muerto."

El tercer cuerpo ofrecía planta seisavada, con seis columnas que sustentaban el remate. Sobre los triángulos volados del segundo cuerpo se alzaban cuatro figuras de niños con cirios en la mano y al centro la imagen de la Fe. El remate constaba de un cuerpo arquitectónico terminado en gradas escalonadas, sobre las cuales ardía un enorme cirio. Todo el perímetro de los tres cuerpos se encontraba adornado con infinidad de cirios y velas.

Es de notar en la lámina que reproducimos que puede verse cómo eran los vitrales emplomados que cubrían las ventanas; cómo se ven las rejas de tapincerán y cómo era el interior de la cúpula, antes de que fuera reconstruída por Tolsá y decorada por Jimeno. También puede advertirse el pavimento formado de grandes losas que tan un dibujo ajedrezado, alternándolas en sus colores. Es pues esta lámina, independientemente de la belleza que se quiera encontrar en la maquinosa fábrica del túmulo, un inapreciable documento histórico para la obra de nuestra catedral.

Se señaló para la ceremonia procesional que había de figurar el entierro saliendo de palacio, la tarde del día 23 de julio; pero como la fecha caía en una de las épocas más lluviosas en la ciudad de México, se previno un pasadizo que se formó desde la puerta principal de palacio, por la calle del Reloj, taba vuelta por la calle del Estanco de los Cordobanes (hoy Donceles), torcía por la calle de Santo Domingo (hoy del Brasil), hasta llegar frente a las casas del marqués del Valle, en que torcía para llegar hasta la puerta del poniente de la catedral. Dicho pasadizo se componía de vigas de ocho y diez varas aseguradas sobre planchas de madera;- su ancho era de cuatro varas y media y su largo llegaba a mil doscientas cincuenta y una y dos tercias; tenía un pasamanos de cedro que se abría únicamente en las bocacalles, tunde se le formaron puertas.

Distribuyéronse los asientos conforme a las reglas protocolarias, que eran muy rigurosas; asimismo se previno el orden en que las diversas instituciones debían tomar parte en la procesión, la que salió desde la capilla real de palacio, hasta la catedral. Entonó la capilla las vísperas, que se cantaron con gran armonía. Acabado el responso salió el doctor tan Nicolás de la Puerta, con sobrepelliz, capa de coro redonda y muceta, acompañado de seis capellanes, maestro de ceremonias, celador y pertiguero y pasó cerca del túmulo al púlpito que se encontraba vestido de bayeta, donde pronunció una elegantísima oración fúnebre latina que puede saborearse en el libro de Sariñana.

Acabada a las diez y media de la noche la oración fúnebre, regresó el virrey a palacio, habiéndole acompañado el Cabildo eclesiástico hasta la puerta de la iglesia. "No podo su excelencia volver a pie, porque apenas acabó de entrar el acompañamiento, guando cerró obscura y tempestuosa la noche, y se desataron en tanta y tan continuada agua las nubes que durando hasta las onze dexó la plaza y calles inundadas. Passó con la Real Audiencia y Tribunales en sus coches a palacio, Monte se apearon y subieron acompañando a su excelencia hasta tejerlo en su quarto. A las Comunidades se les dieron echas para que volviesen. Pudo perdonarse la incomodidad por lo mucho que la tenebrosidad añadía de lucimiento a la iglesia pues la mesma enemistad de las tinieblas hazía sobresalir más vivamente sus luces."

El 24 de julio a la alborada empezaron los dobles de la catedral, a que respondieron los de las demás iglesias. A las cinco de la mañana fueron saliendo de sus conventos las órdenes religiosas para la catedral y en las capillas que se les tenían señaladas ofició cada una su misa con toda solemnidad. Acabada cada misa salían con su cruz, ciriales, acólitos, ministros y prestes y subían al primer cuerpo del túmulo, cantaban un responso y volvían a su capilla. Duraron estas misas hasta más de las diez de la mañana.

Como con la lluvia de la noche anterior el piso había quedado inmundo, se arregló el pasadizo desde Palacio hasta la puerta de la Catedral que mira al oriente, en la calle del Reloj.

A las diez en punto salió la Real Audiencia de la sala de acuerdos al cuarto del virrey y en la misma forma que la víspera pasaron a la Catedral. Celebró la misa el doctor Juan Juárez de la Cámara, chantre, hizo de diácono el doctor Miguel de Ibarra y de subdiácono el licenciado don Nicolás Orrego. Usaron ornamentos costosísimos hechos exprofeso para este día por la Catedral. Acabada la misa se cantaron los responsos debidos y predicó el doctor don Juan de Poblete. Su sermón concluye el libro en que don Isidro Sariñana describió la ceremonia.

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