III Domingo de Pascua, 26 de Abril del 2009

s cierto que la explicación de las Escrituras hizo arder el corazón de los discípulos que se regresaban desesperanzados a su pueblo de Emaús, pero el gesto definitivo para que pudieran reconocerle vivo y resucitado de entre los muertos fue el signo concreto de partir el pan. Así nos lo asegura el inicio de la lectura del Evangelio de este tercer domingo de pascua: "Cuando los dos discípulos regresaron de Emaús y llegaron al sitio donde estaban reunidos los apóstoles, les contaron lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir del pan".

Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana


26 de Abril del 2009, III Domingo de Pascua



Es cierto que la explicación de las Escrituras hizo arder el corazón de los discípulos que se regresaban desesperanzados a su pueblo de Emaús, pero el gesto definitivo para que pudieran reconocerle vivo y resucitado de entre los muertos fue el signo concreto de partir el pan. Así nos lo asegura el inicio de la lectura del Evangelio de este tercer domingo de pascua: "Cuando los dos discípulos regresaron de Emaús y llegaron al sitio donde estaban reunidos los apóstoles, les contaron lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir del pan".

Mientras los discípulos de Emaús, desconcertados y tristes caminaban de regreso a su aldea, el Maestro se les acerca para acompañarlos en su camino. Jesús busca a las personas y camina con ellas para asumir sus alegrías y esperanzas, las dificultades y tristezas de la vida. Hoy también nosotros, como cristianos comprometidos con el anuncio del Evangelio, en esta gran ciudad de México, en fidelidad al Divino Maestro, queremos proclamar la presencia de Jesús, su actitud de cercanía y de acompañamiento a todos nuestros hermanos y hermanas especialmente en esta delicada situación que estamos padeciendo por la amenaza de la “influenza”. Pero no sólo proclamamos su presencia con palabras, sino que celebramos públicamente que él está presente "en el partir del pan" y que nos acompaña en nuestro caminar, cualquiera que sea nuestra historia y cualquiera que sea nuestro estado de ánimo. Nos acompaña mientras vamos por el camino aunque nosotros no lo reconozcamos a él.

Jesús no sólo se acerca a los caminantes. Va más allá: ¡Se hace camino para nosotros!, penetra en la vivencia profunda de nuestras personas, en nuestros sentimientos, en nuestras actitudes. Por medio de un diálogo sencillo y directo conoce nuestras preocupaciones inmediatas. El mismo Cristo Resucitado acompaña nuestros pasos, nuestras aspiraciones y búsquedas, los problemas y dificultades de nosotros sus discípulos, cuando tantas veces nos dirigimos desalentados a nuestra aldea o a nuestro departamento o vecindad. Ojalá que mientras vamos por el camino lo sepamos escuchar. Ojalá nos detengamos un momento para escucharlo y ojalá siempre "tengamos tiempo" para sentarnos con él a la mesa y así descubrirlo en su verdadera identidad.

Aquí, Jesús pone en práctica con sus discípulos lo que había enseñado un día a un doctor de la ley: las heridas y gemidos del hombre apaleado y moribundo que yacía al borde del camino constituyen las urgencias del propio caminar. Los que caminamos con Jesús, debemos detenernos en el camino para auxiliar a nuestros hermanos que están tirados por el camino, heridos por el pecado, a los que están postrados por la enfermedad, el hambre o la soledad. Pero la presencia del Señor no se agota en una simple solidaridad humana. El drama interior de los dos caminantes era que habían perdido toda esperanza. Ese desencanto se iluminó por la explicación de las Escrituras. La Buena Nueva que oyeron de Jesús transmitía el mensaje recibido de su Padre. Explicándoles las Escrituras, Jesús corrige los errores de un mesianismo puramente temporal y de todas las ideologías que esclavizan al hombre. Explicándoles las escrituras, les ilumina su situación y les abre horizontes de esperanza. Por grave que sea la situación actual no debemos perder la esperanza.

Pero la explicación de la Escritura no fue suficiente para abrirles los ojos y hacerles ver la realidad desde la perspectiva de la fe. Es cierto que hizo arder sus corazones, pero el gesto definitivo para que pudieran reconocerle vivo y resucitado de entre los muertos fue el signo concreto de partir el pan, fue la Eucaristía.
El encuentro entre el Maestro y los discípulos ha terminado. Jesús desaparece de su vista. Pero ellos, impulsados por un nuevo ardor, salen gozosos a emprender su tarea misionera. Abandonan la aldea y van en búsqueda de los otros discípulos. La vivencia de la fe se realiza en comunidad.

Por eso, los discípulos regresan a Jerusalén a encontrarse con sus hermanos y comunicarles que han encontrado al Señor. A partir de la fe, vivida en comunidad, ellos se convierten en pregoneros de una realidad totalmente nueva: "El Señor ha resucitado y está de nuevo entre nosotros". El auténtico encuentro con Jesús en la Eucaristía, necesariamente lleva a la misión. Debemos ir al encuentro de los hermanos y contarles lo que hemos visto y oído, debemos contarles cómo el Señor ha tenido misericordia de nosotros, y nos ha salvado y nos ha llenado de gracias y favores. Vayamos a nuestras parroquias, unámonos a nuestros hermanos y junto con ellos emprendamos el camino de la Misión.

Conviene acentuar que la resurrección es el acontecimiento esencial del cristianismo. El pasaje evangélico de hoy nos revela que los apóstoles "llenos de miedo creían ver un fantasma". Para convencerles de su error, Jesús tiene que recurrir a las pruebas más crasas de su realidad, por encima de toda sospecha: "Miren mis manos y mis pies: soy yo en persona. Tóquenme y dense cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos como ven que yo tengo...". Si de verdad queremos ser auténticos cristianos, bebamos en las fuentes del primitivo mensaje, donde Jesús se nos muestra resucitado por el Padre, realmente vivo para comunicarse con nosotros y acompañarnos en nuestro caminar. Bebamos en el Evangelio su mensaje de conversión y perdón, de justicia y santidad, y comamos en la Eucaristía su Pan de vida eterna, que necesariamente nos lanza a la misión y vayamos al encuentro de los demás hermanos, para que juntos demos testimonio de lo que él ha dicho y hecho por todos los hombres.

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