Domingo de Ramos, 5 de Abril del 2009

La celebración de este domingo parecería a simple vista un contrasentido, comenzamos en un clima festivo y de triunfo gritando con ramos y palmas en las manos: Hosanna al Hijo de David. Bendito el que viene en nombre del Señor, y terminamos con el grito: Crucifícalo, dejándolo colgado entre dos ladrones. Pero es precisamente en este aparente contrasentido en donde encontramos el corazón del misterio: Jesús se ha entregado voluntariamente a la pasión, no son las maquinaciones externas, sino su decisión de cumplir la voluntad del Padre lo que lo ha llevado a la cruz: “A mí nadie me quita la vida, yo la doy cuando yo quiero”. Y es así, que con libre obediencia al Padre y con infinito amor a los hombres: “sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”.

Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera,
Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México


5 de Abril del 2009, Domingo de Ramos



La celebración de este domingo parecería a simple vista un contrasentido, comenzamos en un clima festivo y de triunfo gritando con ramos y palmas en las manos: Hosanna al Hijo de David. Bendito el que viene en nombre del Señor, y terminamos con el grito: Crucifícalo, dejándolo colgado entre dos ladrones. Pero es precisamente en este aparente contrasentido en donde encontramos el corazón del misterio: Jesús se ha entregado voluntariamente a la pasión, no son las maquinaciones externas, sino su decisión de cumplir la voluntad del Padre lo que lo ha llevado a la cruz: “A mí nadie me quita la vida, yo la doy cuando yo quiero”. Y es así, que con libre obediencia al Padre y con infinito amor a los hombres: “sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”.

La pregunta sobre la identidad de Jesús, que parece ser el hilo conductor de todo el evangelio de San Marcos, ante la cruz recibe una respuesta definitiva. Durante el proceso de la Pasión Jesús nos revela su verdadera identidad, por primera vez se declara abiertamente como el Hijo de Dios, y ante esta revelación se da la condenación del Sanedrín y el inicio de los tormentos que culminan en la cruz. En forma irónica la autoridad romana reconoce ésta verdad de Jesús, motivo de la condenación: “Rey de los judíos”. Ante la cruz, San Marcos, manifiesta el objetivo de todo su evangelio, es ante el crucificado donde profesa su fe y la fe de la Iglesia en labios del centurión romano: “Verdaderamente éste hombre era el Hijo de Dios”. Es ante la cruz de Jesús y ante la cruz que a todos y a cada uno de nosotros necesariamente llega, en donde se purifica nuestra fe y en donde podemos llegar al reconocimiento sincero y amoroso de que Jesucristo verdaderamente es el Hijo de Dios.

Ante el Crucificado y ante Cristo, que siendo Dios, “se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo y se hizo en todo semejante a los hombres”, como lo ha cantado la carta a los Filipenses, nace en todos nosotros una concepción de Dios muy distinta a la de los filósofos. Dios no es un ser lejano, aislado en una espléndida esfera trascendente, nuestro Dios es un Dios cercano, solidario y fraternal, que camina con nosotros y nos comprende más de lo que podemos imaginar. Por esta cercanía de Dios con nosotros cambia nuestra concepción del hombre: “la carne” y la historia del hombre tienen un sentido, tienen una semilla de divinidad y de eternidad que llegará a florecer, y a crecer hasta la plenitud que el hombre jamás soñó.

Mientras escuchábamos la lectura de la pasión nos llamaba la atención que se introducían en la narración pequeñas anécdotas, como rompiendo la unidad de lo verdaderamente importante, por ejemplo, la traición de Judas, la negación de Pedro, Pilato lavándose las manos, la preferencia de Barrabás, los dos ladrones. Lo cierto es que estas pequeñas historias nos explican y simbolizan la verdad de quienes y por qué Jesús padeció el tormento de la cruz: “Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus llagas hemos sido curados”. Con frecuencia a través de la historia hemos preguntado: ¿Quién mató a Cristo? ¿Fueron motivos políticos o religiosos los que lo llevaron al matadero? Cuando la Palabra de Dios nos ha narrado que Judas traicionó, Pedro negó, Pilato se lavó las manos, la multitud miraba de lejos, los soldados se dividieron las vestiduras, los ladrones que lo acompañan en la cruz eran unos asesinos, etc., nos está diciendo que es la humanidad entera la que está representada en estos personajes, ahí estamos nosotros, las acciones que llevan a Jesús a la muerte, son las acciones de aquel tiempo y de nuestro tiempo.

Terminada la lectura de La Pasión, los lectores han cerrado el libro, pero todos sabemos que la historia no ha terminado, los acontecimientos continúan. “Los acusadores de ayer han muerto –ha escrito un judío como conclusión de un apasionante libro sobre el proceso de Jesús– los testigos han regresado a casa. El juez ha dejado el tribunal. Pero el proceso de Jesús sigue adelante”. Y sigue adelante en un doble sentido: se renueva en todo discípulo y en todo hombre o mujer que sufre o es perseguido injustamente como Jesús; se renueva y se repite en cada hombre y en cada mujer que negándose a abandonar el pecado siguen gritando: “¡No te queremos a ti, queremos a Barrabás, crucifíquenlo, crucifíquenlo!

Con la lectura de la Pasión hemos entrado a la Semana Santa, de nosotros depende cómo queremos entrar en la Pasión de Cristo: Como el Cirineo que se acerca a Jesús y hombro con hombro quiere ayudar a cargar la cruz; como las hijas de Jerusalén que lloran al ver pasar al condenado; como el centurión que se golpea el pecho y reconoce que el crucificado verdaderamente es el Hijo de Dios; como María silenciosa junto a la cruz de su hijo o como Judas, o Pedro, o Pilato o como la multitud que mira desde lejos simplemente para ver cómo termina la tragedia.

La lectura de la pasión ha concluido de esta manera: “Pilato... concedió el cadáver a José. Éste compró una sábana, bajó el cadáver, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro excavado en una roca y tapó con una piedra la entrada del sepulcro...” Nosotros sabemos que la semana santa no termina el viernes santo, Jesús no se queda en el sepulcro, Dios lo ha resucitado y ahora está vivo y comunicándose con todos sus discípulos, la semana santa termina el Domingo de Resurrección. Toda nuestra vida, de alguna manera, es una semana santa, si la vivimos con realismo y esperanza. Es cierto que el dolor y el sufrimiento continuamente se hacen presentes en nuestra vida, pero también hay días de transfiguración y sobre todo esperamos el “octavo día”, “el gran domingo” del descanso y de la gloria definitiva.

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