XXVI Domingo del Tiempo Ordinario, 26 de Septiembre del 2010.

También este domingo, como el anterior, las lecturas nos llevan a la reflexión sobre la actitud que debemos tener frente a las riquezas. El profeta Amós es el encargado de fustigar una concepción de la religión que se reduce a confiar en el culto realizado en los lugares sagrados, olvidando la solidaridad con los hermanos necesitados. Pero es en el evangelio en donde Cristo nos hace ver las repercusiones que tiene para la eternidad el buen uso o el abuso de las riquezas. Por desgracia en nuestros días se evita hablar del más allá, inclusive en círculos cristianos, pero no hay que olvidar, que el anuncio cristiano se desvirtúa totalmente, pierde su fuerza y su originalidad, si le quitamos el horizonte trascendente, si no afirmamos con fuerza la vida eterna, si negamos la resurrección.

Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México.

26 de Septiembre del 2010, XXVI Domingo del Tiempo Ordinario

También este domingo, como el anterior, las lecturas nos llevan a la reflexión sobre la actitud que debemos tener frente a las riquezas. El profeta Amós es el encargado de fustigar una concepción de la religión que se reduce a confiar en el culto realizado en los lugares sagrados, olvidando la solidaridad con los hermanos necesitados. Pero es en el evangelio en donde Cristo nos hace ver las repercusiones que tiene para la eternidad el buen uso o el abuso de las riquezas. Por desgracia en nuestros días se evita hablar del más allá, inclusive en círculos cristianos, pero no hay que olvidar, que el anuncio cristiano se desvirtúa totalmente, pierde su fuerza y su originalidad, si le quitamos el horizonte trascendente, si no afirmamos con fuerza la vida eterna, si negamos la resurrección.

Por más que eliminemos el ropaje literario empleado por Jesús en el evangelio de hoy, queda muy claro que el buen Lázaro goza eternamente; y por mucho que despojemos de su estilo cultural la parábola de Cristo, permanece la verdad que el mal Epulón es condenado y condenado eternamente, hasta tal grado que no tiene puente alguno hacia la felicidad, ya que “entre ustedes y nosotros hay un abismo inmenso, que nadie puede cruzar, ni hacia allá ni hacia acá”.

Ciertamente la dimensión económica y social es parte integrante del cristianismo, es parte esencial del Reino de Dios y su justicia, que consiste en el amor al prójimo, pero el Reino de Dios y su justicia serían incomprensibles si les quitáramos la trascendencia. El Nuevo Testamento nos habla con mucha claridad del juicio que tendremos al final de nuestra vida en donde seremos examinados, si dimos de comer al hambriento, si dimos de beber al sediento, si vestimos al desnudo, etc. o como bellamente lo dice San Juan de la Cruz: “en la tarde de tus días te examinarán del amor”. En la parábola del pobre Lázaro nos debe quedar muy clara la existencia de la retribución inmediata y eterna después de la muerte, que puede ser muy diferente según el comportamiento que tuvimos con nuestro prójimo.

Es muy importante para nosotros clarificar cuál es la causa de la condenación del Epulón ideado por Jesús, para no tomar nosotros el mismo camino. Según el evangelio de San Lucas, que acabamos de escuchar, el Epulón no se pierde por ser rico, sino porque no sabe compartir con el pobre. No se condena por tener dinero, sino por ser egoísta. No es enviado al lugar de castigo por usar los bienes materiales, sino por abusar de ellos. No va al tormento por gozar de la vida y disfrutar de bienestar, sino por negárselo al pobre Lázaro.

Un aspecto de la fraternidad que Jesús viene a proclamar lo constituye el establecimiento de un orden económico y social donde no haya Epulones ni Lázaros. Donde no exista ese diez por ciento de la población acaparando el noventa por ciento de las riquezas de este mundo y un noventa por ciento de seres humanos que se tienen que limitar a un diez por ciento de lo que Dios hizo para todos. Lo que condena Cristo es un reparto tan injusto de las riquezas naturales y artificiales que engendran países superdesarrollados y países paupérrimos, con el agravante de que los primeros quieren eliminar la población de los segundos en lugar de ayudar a producir y a distribuir los bienes necesarios para una vida digna.

Esta valiente y lúcida denuncia que Jesús hace de la injusticia social no puede reducirse, por ningún motivo, a un diagnóstico social, ni tampoco a unas recomendaciones morales. Cristo va al fondo del problema, denunciando los mecanismos que producen ese abismo entre ricos y pobres. La Palabra de Dios pone al descubierto que estas situaciones se dan como fruto del pecado, como resultado de injusticias y de opresiones. Pero el Evangelio no se queda en la denuncia del mal, sino que nos da el camino para superarlo con el imperativo radical que Jesús viene a proclamar: “ama a tu prójimo como a ti mismo”. Este es el verdadero principio social del Evangelio, capaz, si lo aplicáramos en serio, de impedir o de eliminar el egoísmo y la injusticia y de aliviar los males inevitables de esta vida.

El amor al prójimo, con la radicalidad con que es presentado en el Evangelio, es de verdad el más formidable principio social, capaz de superar una actitud de resignación y de huida a los compromisos temporales. En ninguna parte de los evangelios encontramos que se nos enseñe a permanecer indiferentes ante los hermanos. Esta es una de las novedades del Cristianismo. Hasta ese momento las religiones no se interesaban por las cosas del mundo, más bien se adaptaban fácilmente o colaboraban con el statu quo, o proclamaban un espiritualismo en oposición abierta con todo proyecto humano. A partir de Cristo, sus discípulos deben interesarse por la ciudad terrena, ocupándose en remediar toda clase de necesidades humanas y al mismo tiempo caminando por este mundo sabiendo que estamos de paso hacia la ciudad definitiva.

La actualidad y la universalidad del amor al prójimo se mantiene porque es un principio que no está ligado a ningún sistema o realización histórica, así como en algunas circunstancias se puede traducir en una ayuda de beneficencia, en otras circunstancias nos obligará a luchar contra la raíz de la pobreza, como pueden ser la ignorancia, la pereza, la injusticia o el fatalismo. En ocasiones la práctica del amor al prójimo será una responsabilidad personal, en otras necesariamente, si queremos que sea eficaz, tendrá que realizarse organizadamente encarnado en una comunidad.

Hermanos, hermanas, domingo tras domingo nos reunimos a compartir el mismo Pan en la mesa del Señor, como compromiso de que queremos compartir nuestra vida y nuestros bienes con los hermanos, y sobre todo, como anuncio de que anhelamos estar todos juntos en el banquete definitivo del Reino de los cielos.

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