XXV Domingo Ordinario, 19 de Septiembre del 2010.

El evangelio que acabamos de escuchar fue rico en enseñanza para la primera comunidad cristiana, así lo demuestran las tres conclusiones o las tres aplicaciones que de él hacía: “Los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus negocios, que los que pertenecen a la luz”. “Con el dinero tan lleno de injusticias, gánense amigos para que, cuando ustedes mueran, los reciban en el cielo”. “Si ustedes no son buenos administradores del dinero, tan lleno de injusticias, ¿quién les confiará los bienes verdaderos?. Pero antes de estas aplicaciones parece que la intención principal de Jesús es alabar a aquél administrador que procede con habilidad. Jesús no lo alaba porque haya procedido injustamente sino porque ante una situación difícil no se queda con los brazos cruzados, sino que toma las decisiones adecuadas para salir del problema que se le ha presentado.

Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México.

19 de Septiembre del 2010, XXV Domingo Ordinario

El evangelio que acabamos de escuchar fue rico en enseñanza para la primera comunidad cristiana, así lo demuestran las tres conclusiones o las tres aplicaciones que de él hacía: “Los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus negocios, que los que pertenecen a la luz”. “Con el dinero tan lleno de injusticias, gánense amigos para que, cuando ustedes mueran, los reciban en el cielo”. “Si ustedes no son buenos administradores del dinero, tan lleno de injusticias, ¿quién les confiará los bienes verdaderos?. Pero antes de estas aplicaciones parece que la intención principal de Jesús es alabar a aquél administrador que procede con habilidad. Jesús no lo alaba porque haya procedido injustamente sino porque ante una situación difícil no se queda con los brazos cruzados, sino que toma las decisiones adecuadas para salir del problema que se le ha presentado.

Cuando en el mar se presenta la tormenta el buen marinero no trata de salvar al mismo tiempo la carga que lleva el barco y las personas que están ahí, toma decisiones extremas para salvar lo más importante que son las personas y arroja al mar todo aquello que pueda poner en peligro la seguridad de los viajeros. Así se presenta el evangelio con la urgencia de decidirse por la salvación, urge decidirse, porque el reino de Dios está presente, el Esposo está por llegar. Los que no tomen las decisiones adecuadas quedarán fuera, como las vírgenes necias que fueron a buscar aceite. Es necesario decidirse por Jesús. O con Él o contra Él. En nuestra vida corporal cuando se presenta un síntoma de cáncer o de infarto, corremos de inmediato a los análisis y al tratamiento adecuado, pero por desgracia cuando se nos presenta un síntoma de un grave mal espiritual muchas veces no obramos en consecuencia. Se dan casos, aún en familias que se llaman católicas, que un familiar está en agonía y nadie quiere advertirle de su situación, disque para no asustarlo, nadie le llama un sacerdote para que lo auxilie, disque para no impresionarlo. Es como si alguien estuviera inadvertidamente cerca del precipicio y nadie le hiciera ver el peligro para no asustarlo.

En el tiempo de Jesús decidirse significaba “creer en el evangelio, hacerse discípulo suyo, estar de su lado”. Para aquél que ya está en la Iglesia y que es seguidor de Jesús, decidirse es “ganarse amigos, con el dinero, tan lleno de injusticias, para que cuando muera, lo reciban en el cielo”. Una actitud concreta del cristiano frente a las riquezas no es considerarlas como algo malo, sino como algo que debe administrar bien, no pretendiendo ser dueño sino administrador que entregará cuentas, no tener las riquezas para acumularlas sino tener la habilidad de transformarlas en fuentes de trabajo, de alegría y desarrollo para los demás.

La actitud ante las riquezas no puede ser solamente la posibilidad de dar ayudas o donativos, pues hay una responsabilidad mayor, la de ser buen administrador, para que esas riquezas produzcan más riquezas y se distribuyan con mayor justicia, cumpliendo la voluntad del Creador que quiere que sus bienes lleguen a todos los hombres, que quiere que todos los seres humanos tengan verdaderas y reales oportunidades de dignificar sus vidas con un trabajo bien remunerado. Este principio del evangelio también vale en relación a los países y los organismos internacionales que con habilidad y responsabilidad pueden lograr el desarrollo y el progreso de los pueblos y evitar así que con movimientos financieros y especulaciones monetarias sumerjan a los países del tercer mundo en una mayor miseria, ya que la huída de los capitales suprime la posibilidad de abrir nuevas fuentes de trabajo y cancela la posibilidad de crecer en salud, educación, vivienda y de alimentación digna.

Un autor contemporáneo pone en labios del dinero estas pretensiones: “Yo compro y vendo las conciencias, los silencios. Yo compro y vendo el poder, las mujeres, la gloria y el placer. Yo pago la guerra y el crimen. Yo hago y deshago ídolos, gobernantes, relaciones, famas, tronos, dominios y potencias... yo pago todo. Yo abro todo, lo doy todo. Soy la sangre del pobre. Yo, dinero”. Todo esto puede ser cierto pero también puede ser cierto que el hambre, muchas de las enfermedades, las ignorancias, la falta de habitaciones, ropa necesaria, adelantos de la ciencia y de la técnica que dignificarían la vida, etc., pueden ser posibles con buenos administradores, con gente que se sienta responsable de sus hermanos, con hombres y mujeres que no se crean dueños, ni de las riquezas, ni del país, ni de la ciencia, sino administradores conscientes que van a dar cuentas de su administración a Dios, dueño y creador de todo.

Es importante concebir y realizar nuestra vida como una administración de bienes de acuerdo al Creador, dueño único del mundo del hombre. Y como Dios quiere que todos los hombres tengan lo necesario para llevar una vida digna, la administración de las riquezas deberá considerar en hacer efectiva, una administración eficaz en bien de todos. Lo malo es que nosotros muchas veces queremos enmendar la plana a Dios, como el administrador de la parábola, malversando en provecho propio exclusivo lo que deberíamos explotar en bien de todos.

Hermanos, hermanas, en el evangelio de hoy hemos escuchado una palabra muy alentadora de Jesús: “Si somos fieles administradores en las cosas pequeñas, Dios nos confiará grandes realidades, si somos buenos administradores, en las cosas pequeñas, Dios nos dará los bienes definitivos”. Como hijos de la luz, hemos de ser sagaces como los hijos de este mundo en la administración de los bienes que Dios a puesto en nuestras manos. Debemos ser administradores que dignifiquemos y engrandezcamos la propia responsabilidad a favor de los demás. La idolatría del dinero es incompatible con la religión, y la ambición es incompatible con la solidaridad. Por eso, sirvámonos del dinero y de todos los bienes para servir a Dios, sirviendo a los demás.

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