XXIV Domingo del Tiempo Ordinario, 12 de Septiembre del 2010.

Todos nosotros sabemos que la palabra “Evangelio” significa “buena nueva”, “buena noticia”. Para justificar este título bastaría el capítulo 15 de San Lucas, en donde con todo el colorido oriental, se nos presentan de corrido las tres parábolas que acabamos de escuchar: La oveja extraviada, la moneda perdida y el hijo pródigo. La ocasión concreta y el marco que le da unidad a esta enseñanza es la defensa que Jesús hace de los ataques que está recibiendo de los escribas y fariseos que murmuraban entre sí: “éste recibe a los pecadores y come con ellos”. Revistiendo de ropaje humano la imagen de Dios, Jesucristo, con representaciones muy vivas, nos dice cuál es la actitud de Dios frente al hombre pecador o descarriado, dejando que ellos mismos saquen la conclusión: si sólo Dios tiene este modo de actuar, y yo estoy actuando así, adivinen quién soy yo.

Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México.

12 de Septiembre del 2010, XXIV Domingo del Tiempo Ordinario

Todos nosotros sabemos que la palabra “Evangelio” significa “buena nueva”, “buena noticia”. Para justificar este título bastaría el capítulo 15 de San Lucas, en donde con todo el colorido oriental, se nos presentan de corrido las tres parábolas que acabamos de escuchar: La oveja extraviada, la moneda perdida y el hijo pródigo. La ocasión concreta y el marco que le da unidad a esta enseñanza es la defensa que Jesús hace de los ataques que está recibiendo de los escribas y fariseos que murmuraban entre sí: “éste recibe a los pecadores y come con ellos”. Revistiendo de ropaje humano la imagen de Dios, Jesucristo, con representaciones muy vivas, nos dice cuál es la actitud de Dios frente al hombre pecador o descarriado, dejando que ellos mismos saquen la conclusión: si sólo Dios tiene este modo de actuar, y yo estoy actuando así, adivinen quién soy yo.

Por supuesto que las tres situaciones narradas por Jesús, son situaciones humanas inventadas, irreales, pero con un contenido de verdad superior a cualquier historia. Jesús, como muchos de los grandes poetas y novelistas, penetra en lo más profundo de la realidad humana y nos revela la presencia amorosa y el actuar de Dios misericordioso en nuestra historia humana herida por el pecado.

En el breve tiempo de la homilía es imposible explicar detalladamente cada una de las tres parábolas, que forman una sola unidad, pero lo que sí se puede hacer es subrayar algunos elementos comunes, algunos de los aspectos más sobresalientes. Y lo primero que podemos decir es que el protagonista de las tres parábolas no es ni la oveja extraviada, ni la moneda perdida, ni el hijo pródigo, ya que en realidad no es del hombre o de los pecadores, de lo que Jesús quiere hablar, sino de Dios, de la alegría de Dios ante la conversión, del amor infinito y misericordioso que Dios nos tiene, cualesquiera que haya sido nuestra historia, cualesquiera que sea nuestra situación.

Podemos decir ciertamente que el corazón de las tres parábolas es la alegría de Dios, la alegría de Dios es como el estribillo que se repite en las tres narraciones. En la parábola de la oveja extraviada se nos dice: “Una vez que la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría... reúne a los amigos y vecinos y les dice, alégrense conmigo... yo les aseguro que en el cielo habrá más alegría por un pecador que se arrepiente...” En la parábola de la moneda perdida encontramos: “Cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice: alégrense conmigo...Yo les aseguro que así también se alegran los ángeles de Dios por un sólo pecador que se arrepiente”. En la parábola del hijo pródigo la alegría del Padre explota y se hace fiesta: “Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos... ¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado... era necesario hacer fiesta y regocijarnos...” Hablando en nuestro lenguaje Jesús nos dice que Dios se alegra cuando nos encuentra, o más bien cuando nos dejamos encontrar; Dios se alegra cuando nos arrepentimos; Dios se alegra cuando regresamos a su casa; Dios se alegra cuando nos ve sentados a su mesa, cuando participamos del banquete que nos ha preparado.

Alguno de nosotros podría pensar: “Si hay más alegría por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos... Si hay más fiesta por el hijo que despilfarró todos los bienes y regresa a la casa, que por el hijo que siempre estuvo con su padre...Entonces recorramos el camino del pecado y después nos arrepentiremos para que Dios se alegre y nos haga fiesta. Pensar así sería mal interpretar a Jesús y tomar el camino contrario al que en estas mismas parábolas nos está señalando. El pastor que encuentra a la oveja extraviada y la mujer que encuentra la moneda perdida tienen esta reacción: reúnen a sus amigos y vecinos y les dicen: “alégrense conmigo”. El Padre del evangelio le dice al hijo mayor: “era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo... estaba perdido y lo hemos encontrado”. Al hijo que está en casa, a los amigos y vecinos, a las noventa y nueve que están en el redil... Dios los asocia a su alegría, participan como Dios y con Dios del banquete, escuchan palabras de riqueza incalculable: “Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo”.

Pero no vayamos tan aprisa, no tomemos tan rápido el lugar del hijo que siempre ha estado en casa, del que siempre ha estado en el redil, del que nunca se ha perdido y que por lo tanto no tiene nada de qué arrepentirse. Los que se justifican a sí mismos, los que piensan que están bien, los que nunca sienten arrepentimiento de nada, quizá son los que están en peor situación. Así les pasaba a algunos escribas y fariseos que rezaban: “yo no soy como los demás...” De verdad la oveja más perdida, el hijo más lejano al Padre, y lo dice Jesús con cierta ironía, es el hermano mayor que se enojó y no quería entrar a la fiesta, no quiso reconocer a su hermano, estaba perdido en su orgullo, no se sabía alegrar, le faltaba lo más importante que debe tener un hijo y un hermano: el amor.

El no sentir necesidad de volver a la casa del Padre, el no sentir arrepentimiento, el creer que nada de lo que hacemos o dejamos de hacer es malo, es un síntoma muy alarmante. Porque así como el dolor corporal es una reacción espontánea para alertarnos que algo anda mal en nuestro organismo, así el dolor espiritual, el arrepentimiento, es una réplica de la conciencia para alertarnos que algo anda mal en nuestra alma, en nuestro espíritu. El ser insensible ante los valores eternos, ante la ley de Dios, no es un adelanto moderno, sino una falla terrible que nos puede llevar a mayores tragedias, lo mismo que la insensibilidad física nos puede llevar a que no nos preocupemos de nuestra salud corporal y a perderla en el momento menos esperado.

Al aceptar nuestra situación de pecado, al reconocer la necesidad de arrepentimiento, debemos evitar el extremo de la desesperación, pensando que nuestras miserias y pecados son más grandes que la misericordia de Dios, pensando que nuestra vida ya no tiene remedio. Muchos son los que se han sumido en la depresión ante el sentimiento de culpa, ante el remordimiento de la conciencia. Hoy San Pablo con su propia experiencia nos muestra el camino para evitar el pesimismo en que nos puede sumir el pecado: “Doy gracias a aquél que me ha fortalecido, a nuestro Señor Jesucristo, por haberme considerado digno de confianza... Dios tuvo misericordia de mí... la gracia de nuestro Señor se desbordó sobre mí, al darme la fe y el amor que provienen de Cristo Jesús... Puedes fiarte de lo que voy a decirte y aceptarlo sin reservas: que Cristo vino a este mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero...”

Frente al desprecio y distanciamiento de los puritanos, que no quieren contaminarse con los pecadores y que sólo se dedican a señalar y a condenar los pecados de los demás y a justificarse a sí mismos, Jesús nos ha revelado el amor misericordioso de Dios nuestro Padre que nos mueve al arrepentimiento de nuestros pecados personales y nos lanza a los brazos amorosos del Padre retratado en el evangelio. Frente a la pérdida de la conciencia de pecado y frente a la pérdida de los valores fundamentales que hacen posible la convivencia humana, Jesús nos invita a rehacer el tejido social ayudando a recobrar el sentido de culpa y motivando la conversión y el arrepentimiento para que nuestra comunidad vaya a Aquél que puede hacer nuevas todas las cosas: Jesucristo Nuestro señor.

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