Domingo de Pentecostés, 15 de mayo de 2016

 Jesús hoy nos ha revelado en el Evangelio la misión y el quehacer del Espíritu Santo, al decir a sus primeros discípulos: “Como el Padre me envió, así los envío yo... reciban el Espíritu Santo”.

 Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México.

15 de mayo de 2016, Domingo de Pentecostés.

Jesús hoy nos ha revelado en el Evangelio la misión y el quehacer del Espíritu Santo, al decir a sus primeros discípulos: “Como el Padre me envió, así los envío yo... reciban el Espíritu Santo”. Después de la Ascensión de Jesús, la Iglesia recibe la misión de continuar en la historia la presencia de Cristo, y para realizar esta tarea maravillosa y difícil se nos regala el don del Espíritu Santo, sólo con la fuerza del Espíritu podemos hacer presente a Cristo, sólo si el Espíritu nos vivifica podemos ser el cuerpo de Cristo.

Jesús fue enviado por el Padre, el Padre y el Hijo nos envían su Espíritu, los primeros discípulos fueron enviados por Jesús, así desde las misiones en la Trinidad y por voluntad de su fundador, la Iglesia es esencialmente misionera. Nadie puede salir por propia iniciativa a anunciar el plan de salvación si no es enviado. Injertados en Cristo por el bautismo, la confirmación, el orden sacerdotal y la vida consagrada, se es siempre para la misión. La Iglesia es la que envía y envía dando el don del Espíritu Santo para cumplir la misión. Misión que se realiza al interior de la misma Iglesia Particular, pero que nunca se puede limitar a ella sino tiene que ser universal, mirando a todo el mundo, traspasando las fronteras, llegando a los que están lejos.

Hemos escuchado en los Hechos de los Apóstoles cómo el Espíritu Santo irrumpe en el Cenáculo de Jerusalén en forma de lenguas de fuego y de viento. Detengámonos un momento en estas tres imágenes que de alguna manera nos revelan el significado de la fiesta de Pentecostés que hoy celebramos y nos hacen comprender un poco más el don del Espíritu Santo: Lenguas, fuego y viento.

Al recibir el Espíritu Santo en forma de lenguas, los apóstoles, comenzaron a hablar una lengua misteriosa, mejor dicho hablaron su misma lengua pero con una potencia totalmente nueva, de forma que los entendían partos, elamitas, griegos y romanos. Pentecostés es lo contrario de Babel. Sólo con el don del Espíritu Santo los hombres podemos hablar una sola lengua, la lengua del amor, la lengua de Pentecostés en oposición a la lengua del orgullo y de la soberbia que es la lengua de Babel.

La otra imagen por la cual se hace visible el Espíritu Santo en el primer Pentecostés es el fuego. Recordemos que Jesús así lo había anunciado a los suyos: “fuego he venido a traer a la tierra, y estoy ansiando que ese fuego prenda”. Ese fuego es el amor, el amor del corazón de Cristo, ese fuego es el que tenían los primeros cristianos, por eso cuando la gente los veía quererse con obras de amor, exclamaba: “Miren cómo se aman”. Si queremos una nueva evangelización, si queremos que el Reino de Cristo se haga presente, si queremos neutralizar la frialdad del egoísmo individual y colectivo, si queremos que cese la violencia, debemos dejarnos invadir por el Espíritu Santo para poder amar con dichos y hechos.

La tercera forma de manifestarse el Espíritu Santo en Pentecostés fue el viento. El aire puede ser suave como brisa que acaricia y fuerte como un huracán violento. Así es el amor, es suave viento que acaricia y vendaval que arrastra. A impulsos del amor interior partieron los corazones de los primeros cristianos a los cuatro puntos cardinales; a impulsos del amor, sacerdotes, consagrados y laicos están cumpliendo en nuestra Iglesia la misión de anunciar el Evangelio.

Lengua, fuego y viento: tres imágenes que nos ayudan a conocer la personalidad del Espíritu Santo, las tres significan amor, porque el Espíritu Santo es el amor de Dios personificado. La fiesta de Pentecostés es una fiesta esencial en el calendario católico, porque nos recuerda la acción del Espíritu Santo en los corazones, en la Iglesia y en la sociedad. Como la savia del árbol, que trabaja en su interior invisible pero eficazmente, el Espíritu Santo actúa en cada uno de los cristianos, en la Iglesia y en el mundo. Los frutos de amor que vemos van brotando en las familias, en las organizaciones y hasta en los lugares más inesperados, son frutos del Espíritu Santo, que sopla donde quiere.

 

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