Page 10 - Impreso
P. 10

En el Éxodo, esta esperanza se torna clamor por la libertad. Dios escu-
cha el sufrimiento de su pueblo y actúa: revela su Nombre como garantía
de presencia activa y liberadora (cfr. Ex 3, 7-8.14). Yahvé no es un Dios le-
jano, sino el que “ve, escucha y baja” para liberar (Ex 6, 5-8). La salida de
Egipto se convierte en paradigma de todas las esperanzas futuras, y en
cada situación de opresión el pueblo vuelve su mirada al Dios que salva.
La esperanza se expresa también en la figura del rey. David, pastor
de Israel, es portador de una promesa nueva: su casa permanecerá
para siempre (cfr. 2Sam 7, 12-16). Esta alianza real se convierte en ancla
de esperanza en tiempos de crisis. El verdadero rey es el que cuida,
hace justicia y vela por los pobres, los huérfanos y los extranjeros (cfr. Dt
14, 29; Sal 72, 1-4.12-14). La figura del Mesías, nacido de esta promesa,
alimentará los sueños del pueblo aun cuando la monarquía desapa-
rezca (cfr. Is 9, 5-6; 11, 1-4; Jr 23, 5-6; Ez 37, 24-26; Miq 5, 1).
El exilio marcará un momento de ruptura. El pueblo pierde su tierra,
su templo, su monarquía y su identidad (cfr. 2Re 24, 8-9.18-20; 25, 27-
30). Todo parece desmoronarse. La esperanza es puesta a prueba. Sin
embargo, en ese mismo contexto, los profetas anuncian que el exilio no
será la última palabra. Dios promete una restauración total: un nuevo
David, una tierra renovada, un pueblo transformado por un corazón
nuevo y un santuario en el que habite su presencia (cfr. Ez 34, 11-16.22;
36, 8-11.24-28; 37, 21-28; 47, 1-12; 48, 35b).
Jesús es la culminación de esa esperanza. En Él, todas las promesas
encuentran cumplimiento. Es el heredero de Abrahán (cfr. Gál 3, 16), el
nuevo Moisés (cfr. Jn 3, 14-15), el Mesías esperado (cfr. Mt 1, 1; Lc 1, 32-33),
el templo definitivo (cfr. Jn 2, 19-21). En su vida, muerte y resurrección, Je-
sús restaura lo perdido y lleva a plenitud el designio de Dios: hacer de
todos los pueblos una sola familia, renovada por el Espíritu (cfr. Ez 36,
27). Él es el “Dios con nosotros” (Mt 1, 23), la esperanza hecha carne que
camina con su pueblo, ofreciendo salvación integral.
Esta esperanza no es abstracta. Se hace cercana y maternal en Santa
María de Guadalupe. Ella irrumpe en la historia de un pueblo herido
como signo de consuelo, dignidad y restauración. Como nueva teofanía
en el Tepeyac, su palabra revive las promesas: “¿No estoy yo aquí que
soy tu madre?”. Su presencia es semilla de esperanza para un pueblo
peregrino que, como Israel, camina hacia la tierra donde Dios habita.
8






























































   8   9   10   11   12