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2.Discernir a partir de Cristo y Santa María de Guadalupe
El texto de Efesios 2,14-22 nos presenta uno de los mensajes más podero-
sos y actuales del Evangelio: Cristo es nuestra paz y nuestra reconciliación.
En un mundo marcado por muros, fronteras, divisiones y resentimientos,
San Pablo nos recuerda que Jesús derribó, con su entrega en la cruz, el
muro más difícil de todos: el que separa los corazones.
En tiempos antiguos, la distancia entre judíos y gentiles parecía insal-
vable; hoy, nuestras diferencias culturales, sociales, religiosas o familiares
pueden parecernos igualmente profundas. Sin embargo, la Palabra nos
asegura que en Cristo no hay extraños ni extranjeros, sino un solo pueblo,
una sola familia de Dios.
Este pasaje no es solo una afirmación teológica, sino una llamada
práctica y urgente: si Cristo destruyó el odio y nos unió en un mismo Espí-
ritu, nosotros estamos llamados a vivir como verdaderos constructores de
comunión. La reconciliación no es un gesto opcional del cristiano, es la
esencia misma de la fe en Aquel que “vino a anunciar la paz a los que
estaban lejos y a los que estaban cerca”.
María de Guadalupe como puente de reconciliación
En 1531, en medio del dolor y la desolación que vivía el pueblo indígena
tras la conquista, nuestra Madre María de Guadalupe se hace presente.
No como figura distante, sino como una madre cercana, tierna y solidaria,
que elige aparecerse a Juan Diego, un hombre sencillo, sin poder ni voz
en su sociedad, representante de los marginados de su tiempo. En él, Dios
dignifica lo despreciado, y a través de él comunica su voluntad.
María de Guadalupe se presenta con rasgos mestizos, vestida como
una mujer del pueblo, hablando en náhuatl, la lengua del corazón. No se
impone, se acerca. No divide, une. En su diálogo con Juan Diego, María
dice: “¿No estoy yo aquí que soy tu madre?”. Estas palabras siguen reso-
nando hoy para los que sufren violencia, migración, pobreza, exclusión.
María no abandona al pueblo; lo acompaña y lo fortalece.
Entre culturas, Ella es puente entre los pueblos originarios y los coloni-
zadores; entre lo indígena y lo europeo, no para borrar identidades, sino
para sanar heridas. Entre el cielo y la tierra: su figura es la de una madre
que intercede, que escucha y que se pone del lado de los pequeños.
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