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2.Discernir a partir de Cristo y Santa María de Guadalupe
El dolor formó parte de la vida de Jesús y también de la de su Ma-
dre, la Santísima Virgen María. La Sagrada Escritura nos muestra cómo
este sufrimiento estuvo presente en distintos momentos: la profecía de
Simeón, la huida a Egipto, la angustia al perder al Niño en el templo.
Todo esto tuvo su punto más alto en la pasión: la soledad en Get-
semaní, los sufrimientos físicos, psicológicos y espirituales, el cansancio
extremo y la muerte en la cruz.
El dolor de Jesús fue también el dolor de María. Ella no abandonó a
su Hijo, sino que permaneció fiel junto a Él al pie de la cruz. Por eso, María
es para nosotros ejemplo de fe y de fortaleza, y hoy sigue siendo una
Madre que acompaña a todos sus hijos e hijas que sufren la enfermedad,
la discapacidad o cualquier forma de dolor. María sigue acompañando
al pie de nuestra cruz.
• Santa María de Guadalupe y la curación de Juan Bernardino
En los días en los que Santa María de Guadalupe se manifestó en el
Tepeyac y dio la encomienda a Juan Diego para ir con el obispo de
México, había una gran angustia en el corazón de Juan Diego: su tío Juan
Bernardino se encontraba gravemente enfermo, al borde de la muerte,
razón por la cual intentó evitar el encuentro con la Señora del cielo para
buscar un sacerdote que atendiera espiritualmente a su tío. Sin embargo,
María sale al encuentro de Juan Diego y cuando este terminó de exponer
su preocupación, ella pronunció las siguientes palabras:
¿No estoy aquí, yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi som-
bra y resguardo? ¿No soy la fuente de tu alegría? ¿No estás
en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes
necesidad de alguna otra cosa? Que ninguna otra cosa te
aflija, te perturbe; que no te apriete con pena la enfermedad
de tu tío (Nican Mopohua, 119-120).
Juan Diego se sintió consolado y, con la confianza puesta en estas
palabras, se dispuso inmediatamente a llevar a cabo la encomien-
da solicitada por la Señora del cielo. Desde entonces, estas palabras
acompañan la fe del pueblo, que reconoce en Santa María de Gua-
dalupe a una madre amorosa, que escucha y atiende con ternura el
dolor de sus hijos.
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