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• Santa María de Guadalupe, madre de los enfermos
La ternura y la premura con la que Santa María de Guadalupe atendió
la enfermedad de Juan Bernardino, nos muestran a una madre cerca-
na, que escucha y comprende el sufrimiento de sus hijos. Sobre María, el
papa Juan Pablo II decía en Salvifici Doloris:
En Ella los numerosos e intensos sufrimientos se acumularon en
una tal conexión y relación, que si bien fueron prueba de su fe
inquebrantable, fueron también una contribución a la reden-
ción de todos (25).
Debido a su profunda conexión con el dolor, María ha sido invocada
desde hace siglos como: salud, refugio, consuelo, auxilio, protección. En
la letanía lauretana la invocamos como “Salud de los enfermos”, porque
acompaña, consuela, fortalece y, sobre todo, porque siempre nos lleva a
Jesús, el verdadero Médico de cuerpos y de almas.
Todos aquellos que la veneramos como Madre, sabemos que conta-
mos con su intercesión poderosa. Hoy, Santa María de Guadalupe repite
a cada persona enferma las mismas palabras que dijo a San Juan Diego
ante la enfermedad de su tío: “¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No
estás bajo mi sombra y mi resguardo?”. La presencia maternal de Santa
María de Guadalupe, nos invita a vivir la enfermedad con esperanza,
descubriendo que aun en la debilidad, Dios está presente y obra para
nuestro bien.
• Santa Maria de Guadalupe, madre de las personas
con discapacidad
En su encuentro con san Juan Diego, un hombre sencillo, pobre y sin pres-
tigio social, María mostró que Dios elige a quienes el mundo suele des-
preciar para manifestar su amor. De esta manera, se reveló como Madre
de los pequeños y marginados, y en ellos reconocemos también a las
personas con discapacidad.
María no mira la discapacidad como un límite, sino como un lugar
donde la gracia de Dios puede hacerse presente con mayor fuerza. Su
actitud maternal enseña a toda la Iglesia a valorar a cada persona no
por lo que “puede hacer”, sino por lo que es: un hijo amado de Dios. Así,
la Virgen nos invita a contemplar a las personas con discapacidad con
ojos de fe y a descubrir en ellas el rostro de Cristo sufriente y resucitado.
El mensaje guadalupano, con sus palabras llenas de ternura “¿No es-
toy yo aquí que soy tu Madre?”, nos recuerda que en María todos en-
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