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El Arzobispo Primado De México Carlos Aguiar Preside La Misa Dominical. Foto: Basílica De Guadalupe/Cortesía.

Homilía- No tengamos miedo de buscar a nuestros pastores- 21/03/21

Durante su vida mortal, Cristo ofreció oraciones y súplicas, con fuertes voces y lágrimas, a aquel que podía librarlo de la muerte, y fue escuchado por su piedad. A pesar de que era el Hijo, aprendió a obedecer padeciendo, y llegado a su perfección,  se convirtió en la causa de la salvación eterna para todos los que lo obedecen”.

En el Evangelio de hoy, Jesús clarifica la naturaleza de su mesianismo, contrariamente a la concepción de un Mesías Rey, a la manera de los reyes de este mundo, que se impone por la fuerza y que castiga a quien no lo obedezca. En general, como sucedió al pueblo de Israel y a sus autoridades, hoy todavía hay mucha gente que se apega a sus concepciones, que ha recibido por tradición, sobre un Dios omnipotente, que se impone por su poder, a quien hay que obedecer porque sino castiga; y consideran que Jesús ha sido enviado como un Mesías Rey, que debiera gobernar con el poder temporal a las naciones de la tierra.

Jesús muestra el plan de Dios, su Padre: La glorificación de Jesús, tendrá lugar con la muerte en cruz, y será la manifestación del Padre, el Dios de la vida, que resucitará a Jesús de entre los muertos. Jesús compara su venida y misión como el juicio que desenmascarará al maligno y lo destronará; pero para ello debe sufrir el atropello del mal, que lo hará morir en la cruz.

Jesús, con un ejemplo sencillo de la naturaleza, explica la importancia de su muerte:  “si el grano de trigo, sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna”. Con este ejemplo, Jesús enseña que para dar vida, primero hay que entregar la propia; como el grano de trigo, que sembrado muere y produce muchos granos más. Y segundo, que Dios es amor, y amor de donación y servicio a los demás, por tanto su misión es salvífica, y no simplemente justiciera, y mucho menos condenatoria.

Jesús ciertamente se turba como hombre, siente el temor natural ante la entrega de su vida, pero confía plenamente en su Padre Dios. Por eso su decisión es firme y contundente: “Lo he glorificado ya y lo volveré a glorificar”. Ciertamente entregar la  vida a una causa, que podrá traerme graves consecuencias, incluso hasta mi propia muerte, infunde temor y angustia ante la inminencia de ese peligro. Jesús no lo esconde, sino que lo manifiesta y acepta con plena decisión, expresando una absoluta confianza en su Padre, quien para eso lo ha enviado al mundo: “Ahora que tengo miedo, ¿le voy a decir a mi Padre: Padre, líbrame de esta hora? No, pues precisamente para esta hora he venido. Padre, dale gloria a tu nombre. Se oyó entonces una voz que decía: Lo he glorificado y volveré a glorificarlo”.

Con la entrega de su vida, Jesús cumplió la profecía de Jeremías: “Esta será la alianza nueva que voy a hacer con la casa de Israel: Voy a poner mi ley en lo más profundo de su mente y voy a grabarla en sus corazones. Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya nadie tendrá que instruir a su prójimo ni a su hermano, diciéndole: ‘Conoce al Señor’, porque todos me van a conocer, desde el más pequeño hasta el mayor de todos, cuando yo les perdone sus culpas y olvide para siempre sus pecados”.

En efecto, su generosa decisión de aceptar la muerte en cruz en obediencia a su Padre, para manifestar el amor infinito que tiene por la humanidad, es un acontecimiento que mueve el corazón de toda persona y de todas las edades, y ahí interviene el Espíritu Santo, que toca el corazón de quien medita y contempla la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Así queda grabada la ley del amor misericordioso en la mente y el corazón de cada persona, sellando la nueva alianza entre Dios y su criatura predilecta, el ser humano.

Es conveniente aclarar que toda alianza es concebida por la práctica humana, como  un pacto condicionado por dos partes para su cumplimiento, si una de las partes falla, la Alianza se rompe. En cambio la Alianza anunciada por Jeremías y realizada por Jesucristo es unilateral; Dios se compromete pero no el hombre, quien queda libre para responder. Aunque solamente respondiendo a la propuesta será beneficiado por la Alianza.

Es conveniente preguntarnos, si la vida de Jesucristo suscita en mi la inquietud de conocerlo y encontrarme con él, como sucedió con algunos griegos, que fueron a Jerusalén para conocerlo: “en la fiesta de Pascua, había algunos griegos, los cuales se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le pidieron: Señor, quisiéramos ver a Jesús. Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús y él les respondió: “Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado”. El interés de los griegos que quieren conocer a Jesús expresa la universalidad de su misión. Es oportuno preguntarnos: ¿Acepto la lógica de Jesús, Mesías sencillo y humilde, dispuesto a entregar su vida? ¿Pongo mi vida en manos de Dios, Nuestro Padre, con la confianza de su amor? ¿Descubro el horizonte de la universalidad que tiene el Reino de Dios, proclamado por Jesucristo?

La intervención de los discípulos Felipe y Andrés expresa su misión de ser los mediadores para conocer a Jesús. Por tanto, serán los buenos pastores que generarán la comunidad eclesial, en cuyo seno y participación, todo seguidor de Jesucristo, recibirá vida y vida en abundancia. Como buen discípulo de Jesucristo, ¿descubro la importancia de la comunidad eclesial con un estilo de vida sustentado en el servicio y la solidaridad?

No tengamos miedo a buscar a nuestros pastores de hoy, Obispos, Sacerdotes, Consagrados, para aclarar nuestras dudas y ampliar nuestro conocimiento de Jesucristo, pues para eso nos ha llamado Dios Padre, para anunciar quién es Jesús, y testimoniar con nuestra vida su misión, actualizando sus enseñanzas en los contextos socio-culturales de nuestro tiempo.

Pidamos a Nuestra Madre, María de Guadalupe, quien fue magnífica discípula de su Hijo Jesús, que nuestra respuesta personal y comunitaria sea positiva y nos beneficiemos de la Nueva Alianza, que se actualiza en cada Eucaristía, establecida en favor nuestro y en favor de la humanidad entera.

 

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