Congreso Teológico Pastoral 2026, Homilía Cardenal Carlos Aguiar Retes
“Pidan y se les dará. Busquen y encontrarán. Toquen y se les abrirá. Porque todo el que pide recibe, el que busca encuentra y al que toca se le abre”.
Con gran claridad, Jesús indica que ante un desafío o una adversidad que sobrepasa nuestras fuerzas, no debemos cruzarnos de brazos. Por el contrario, debemos buscar auxilio y ayuda, como vemos que lo hace la reina Ester en la primera lectura que hemos escuchado.
Además, Jesús dice: “Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes”. Y Jesús indica que debemos, con nuestra conducta, expresar cómo queremos ser tratados. Para eso es indispensable la coherencia entre el decir y el hacer, entre el decir y el actuar. Es la mejor manera para experimentar la paz interior y testimoniar la conveniencia y el beneficio de ser un buen discípulo de Jesús.
La reina Ester da testimonio de que la mejor manera de afrontar un peligro mortal es acudir a Dios y abrirle nuestro corazón. Cuando nos dice la primera lectura: “La reina Ester, ante el mortal peligro que amenazaba a su pueblo, buscó refugio en el Señor desde la mañana hasta el atardecer”.
Por eso nosotros, ante una adversidad, ante una circunstancia que no somos capaces solos de afrontarla, debemos pedir al Señor nuestro Padre esa confianza en la ayuda divina y acudir siempre a la oración, como lo hizo la reina Ester desde la mañana hasta el atardecer.
Por eso hemos respondido, como la liturgia nos lo indica, con el salmo responsorial: “De todo corazón te damos gracias, Señor”. Y seamos entonces siempre agradecidos, porque hay veces que recibimos un beneficio y ya lo consideramos como algo debido: “Qué bien, ya me lo hicieron”, pero no lo agradecemos.
Debemos reconocer, sobre todo, la ayuda divina en nuestra vida y en el ejercicio de nuestro ministerio. Todos como pastores, unos en el oficio de pastor en nombre de Jesús, y padres y abuelos en el oficio de pastorear su propia familia.
Pidámosle a nuestra madre María de Guadalupe que así procedamos. Por eso nos vamos a poner de pie y le abrimos nuestro corazón a ella para decirle con sinceridad, particularmente la gratitud por este congreso teológico pastoral.
Bendita seas, madre nuestra, María de Guadalupe. Estamos aquí contigo para poner en tus manos este congreso teológico pastoral.
Nos hemos reunido para redescubrir y comprender cómo difundir adecuadamente el contenido teológico de tu presencia en estas tierras del Tepeyac.
Tu presencia ha sido una lección de la pedagogía divina sobre la inculturación de la verdad salvífica. Y al respecto, el Papa León nos lo ha recordado en su mensaje: el modo de Dios para acercarse a su pueblo, respetuoso en su punto de partida, inteligible en su lenguaje y firme y delicado en su conducción hacia el encuentro con la verdad plena, con el fruto bendito de tu vientre.
Con la tilma entre rosas has traído la buena noticia de dar a conocer al verdadero Dios por quien se vive, haciendo visible su cercanía, ofreciendo su novedad, sin violencia ni coacción, sirviendo así como criterio permanente para el discernimiento de la misión evangelizadora de la Iglesia, sin diluir la radical novedad de su presencia salvadora.
Madre nuestra, María de Guadalupe, estrella de la nueva evangelización, acompaña e inspira cada iniciativa de tu pueblo rumbo a los 500 años de tu aparición.
Todos los fieles aquí presentes nos encomendamos a ti, que brillas en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza.
Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María de Guadalupe.
Amén.
