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El Arzobispo Carlos Aguiar Retes Preside La Misa En La Basílica De Guadalupe. Foto: INBG/Cortesía.

Homilía- 27/06/21- Recibimos la salud espiritual al encontrarnos con Jesús

Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera. Las creaturas del mundo son saludables; no hay en ellas veneno mortal”.

Dios Creador es el Dios de la vida, afirma el libro de la Sabiduría; y además afirma que: “Dios creó al hombre para que nunca muriera, porque lo hizo a imagen y semejanza de sí mismo”.

La llegada a la Casa del Padre para compartir con Él la vida eterna en el amor y la felicidad plena, exige la preparación para recibir tan sorprendente regalo y para capacitarnos al amor gratuito y desinteresado, es decir, que no espera nada a cambio, porque ése, es el verdadero amor. Esta experiencia debe vivirse, reconociendo la gratuidad del don y, aprendiendo en completa libertad a relacionarnos con los demás, buscando siempre el bien del otro por encima del propio bien. Ésta es la finalidad de nuestro tránsito en el mundo.

El amor a la vida propia como don recibido para compartir con los demás, abre las puertas del corazón a la generosidad para la práctica de la misericordia y de  la caridad. San Pablo explica que: “No se trata de que los demás vivan tranquilos, mientras ustedes están sufriendo. Se trata, más bien, de aplicar durante nuestra vida una medida justa; porque entonces la abundancia de ustedes remediará las carencias de ellos, y ellos, por su parte, los socorrerán a ustedes en sus necesidades. En esa forma habrá un justo medio, como dice la Escritura: Al que recogía mucho, nada le sobraba; al que recogía poco, nada le faltaba”.

En este sentido es pedagógico el pasaje del Evangelio que hemos escuchado hoy, donde Jesús escucha al jefe de la Sinagoga y atiende de inmediato a su súplica, poniéndose en camino: “Entonces se acercó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se echó a sus pies y le suplicaba con insistencia: “Mi hija está agonizando. Ven a imponerle las manos para que se cure y viva”. Jesús se fue con él y mucha gente lo seguía y lo apretujaba”.

Sin embargo acontece, que una mujer toca el manto de Jesús y queda de inmediato curada del flujo de sangre, que padecía desde hacía doce años. Jesús se detiene, y la busca en medio de la muchedumbre, para encontrarla, “la mujer se acercó, asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado; se postró a sus pies y le confesó la verdad. Jesús la tranquilizó, diciendo: Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y queda sana de tu enfermedad”.

En esta escena descubramos, que a Jesús no solo le interesa nuestra salud física, sino prioritariamente la salud espiritual, que recibimos cuando nos encontramos con Él mediante la fe, en medio de nuestras circunstancias especialmente dolorosas o trágicas.

Por esta razón Jesús se detuvo, y mientras tanto llegó la información a Jairo, que su hija ya había muerto, y que ya no tenía caso molestar al Maestro, sin embargo Jesús escuchando la información interviene, y genera la esperanza en Jairo: “Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: No temas. Basta que tengas fe”.

Lo que pide Jesús es la fe; cuantas escenas no hemos conocido de situaciones verdaderamente dramáticas de quienes sufren la tragedia y expresan la fe en Dios Padre, y la esperanza de salir adelante; en muchas ocasiones obtienen verdaderos milagros, y en otras la fortaleza indescriptible para afrontar las difíciles circunstancias. Queda en ambos casos la percepción, que Dios de alguna manera ha intervenido y ha escuchado las súplicas.

El final de la escena también tiene su enseñanza. Siempre habrá quienes no creen en la intervención de Dios en la historia, y propalan su convicción a diestra y siniestra, hasta con ironías y menosprecio: “Al llegar a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús el alboroto de la gente y oyó los llantos y los alaridos que daban. Entró y les dijo: ¿Qué significa tanto llanto y alboroto? La niña no está muerta, está dormida. Y se reían de él”.

Sin embargo Jairo sigue con Jesús lo lleva donde estaba su hija, y el milagro acontece: “Jesús echó fuera a la gente, y con los padres de la niña y sus acompañantes, entró a donde estaba la niña. La tomó de la mano y le dijo: ¡Talitá, kum!, que significa: ¡Óyeme, niña, levántate! La niña, que tenía doce años, se levantó inmediatamente y se puso a caminar”.

Ante la meditación de esta página del evangelio los invito a reflexionar sobre las circunstancias difíciles que hemos atravesado en nuestra vida, ¿cómo las hemos afrontado? ¿Cómo hemos salido de ellas? ¿Derrumbados y sin ánimo de seguir adelante o fortalecidos en la fe y en la esperanza?

San Pablo en la segunda lectura recordaba la razón por la cual el Hijo de Dios se encarnó en el seno de María para compartir nuestras pobrezas y limitaciones: “Bien saben lo generoso que ha sido nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, se hizo pobre por ustedes, para que ustedes se hicieran ricos con su pobreza”.

Al venir a esta Casita Sagrada en la que se muestra el amor y la ternura de Nuestra Madre, María de Guadalupe, ¿cuántos peregrinos han pasado en estos casi 5 siglos de su presencia entre nosotros, y cuántos han regresado para agradecer su amor y su misericordia?

También nosotros hoy acudamos a ella, y presentémosle nuestra experiencia de vida, con toda confianza hablémosle de nuestras penas y alegrías, de nuestras angustias y logros; y pidámosle que nos de la valentía de transmitir, en nuestros contextos existenciales, la fe en su Hijo, Palabra del Padre, que prometió acompañarnos mediante el Espíritu Santo. No tengamos miedo de relatar a nuestros contemporáneos las maravillas, que el Señor sigue obrando, a pesar de tanta violencia e injusticia en nuestro tiempo.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a  todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

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