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El Arzobispo Carlos Aguiar Preside La Misa En La Basílica De Guadalupe. Foto: INBG/Cortesía.

Homilía- Toda vida proviene de Dios, Nuestro Padre – 12/09/21

Jesús… Por el camino les hizo esta pregunta: ¿Quién dice la gente que soy yo? Ellos le contestaron: Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que alguno de los profetas. Entonces él les preguntó: Y ustedes,  ¿quién dicen que soy yo? Pedro le respondió: Tú eres el Mesías“.

Descubramos la importancia de la doble pregunta, que Jesús hace a los discípulos: qué dice la gente, y qué dicen ustedes. Así Jesús les ayuda a descubrir si ellos se dejan llevar más por las opiniones que escuchan sobre la identidad de Jesús, o si ellos que han convivido de cerca con Jesús han ido adquiriendo su propia opinión y han discernido en profundidad y diálogo entre ellos, quién es Jesús.

Jesús una vez ganada la confianza y la autoridad ante sus discípulos propicia que ellos manifiesten su percepción y le expresen qué han descubierto sobre su persona, su identidad, y su misión. Es conveniente también cuestionarnos, si ya he alcanzado un conocimiento de la persona de Jesús y su misión, o si es superficial y solamente en base a la opinión que he escuchado de otros.

Pedro le manifiesta en nombre de todos, que lo reconocen como el Mesías esperado. Sin embargo fue una percepción muy humana y fuertemente influenciada por la concepción de un Mesías, que contando con la fuerza y el poder de Dios, tendría una autoridad y aceptación, triunfante y avasalladora.

Jesús les anuncia que no será triunfante, sino que era necesario que el Hijo del hombre padeciera mucho, que fuera rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que fuera entregado a la muerte y que resucitaría al tercer día. Ante lo cual, “Pedro se lo llevó aparte y trataba de disuadirlo”, lo trata de convencer que no será así, y que cuenta con el suficiente apoyo del pueblo para convencer a las autoridades de la procedencia divina de su mesianismo.

En una palabra el discípulo asumió el papel de maestro ante el mismo maestro para corregirle sus afirmaciones. Quizá porque temió que cundiera la decepción y el abandono de sus once compañeros. Jesús de frente ante los doce reprende duramente el atrevimiento de Pedro: “¡Apártate de mí, Satanás! Porque tú no juzgas según Dios, sino según los hombres”.

Esta escena del Evangelio advierte que a Jesús hay que conocerlo y entenderlo no según nuestros modos de pensar, no con criterios meramente humanos, pues nuestra visión de la vida y sus proyecciones habituales son transitorias, nuestra mirada es terrenal, por tanto miope para descubrir las maravillas de la vida verdadera.

En efecto, Pedro comprenderá solamente a la luz de la Resurrección, la indispensable necesidad de asumir la Cruz y afrontar el sufrimiento y la injusticia, después de haber sido testigo de cómo Jesús cumplió la voluntad de Dios Padre, ejemplarmente, como lo anunció siglos antes el Profeta Isaías: “Yo no he opuesto resistencia, ni me he echado para atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban de la barba. No aparté mi rostro de los insultos y salivazos. Pero el Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido, por eso endurecí mi rostro como roca y sé que no quedaré avergonzado. Cercano está de mí el que me hace justicia, ¿quién luchará contra mí? ¿Quién es mi adversario? ¿Quién me acusa? Que se me enfrente. El Señor es mi ayuda, ¿quién se atreverá a condenarme?”.

Cuántas veces tendremos que recordar ante la presencia del mal, de las injusticias y desigualdades, ante las diversas formas de adversidades y problemas, que nosotros somos discípulos y el único maestro es Jesucristo. Así comprenderemos en toda su dimensión la frase de Jesús “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.

Debemos adentrarnos en la meditación y oración para retomar, cuantas veces sea necesario, nuestra condición de discípulos, y no querer asumir el papel de maestro, que todo lo sabe. Es pues indispensable crecer en la humildad ante las tentaciones y las incomprensiones de la voluntad de Dios; y como Pedro, reconocer de nuevo la voz del verdadero Maestro, Jesucristo, y aceptarla en la confianza de su amor, y sin resistencia, no obstante las adversidades que en el camino se irán presentando.

El apóstol Santiago clarifica con un ejemplo claro y contundente, que las enseñanzas de Jesús, además de conocerlas, las debemos poner en práctica: “Supongamos que algún hermano o hermana carece de ropa y del alimento necesario para el día, y que uno de ustedes le dice: Que te vaya bien; abrígate y come, pero no le da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué le sirve que le digan eso?”. La fe se muestra con la obras, una fe sin obras está muerta. Recordemos que la fe es un don que recibimos de Dios, y que debemos desarrollar. Mientras más vivamos con una conducta acorde a la fe que profesamos, mas fuerte y fecunda llega a ser la fe. Las obras son una evidencia de que hemos desarrollado nuestra fe.

Jesús reveló que todo ser humano está llamado a ser hijo de Dios, y que por tanto, debemos reconocernos como hermanos, miembros de una misma familia, auxiliándonos en las diversas necesidades, y reconociendo que toda vida proviene de Dios, Nuestro Padre.

Necesitamos conocer a Jesús, en su vida y sus enseñanzas, para tomar las decisiones, convencidos de que Él es el camino, la verdad y la vida. Es oportuno revisar con frecuencia, si estamos viviendo de manera acorde a la fe que profesamos, y preguntarnos si asumo que la vida es sagrada, y por ello acepto y respeto la dignidad de todo ser humano desde su concepción hasta la muerte.

Acudamos a Nuestra Madre, María de Guadalupe, quien ha vivido de manera ejemplar como discípula, descubriendo desde su propia experiencia que su Hijo era el Mesías esperado, el Maestro que revela al verdadero Dios por quien se vive.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén

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