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El Card. Carlos Aguiar Retes Preside La Misa Dominical. Foto: Basílica De Guadalupe/Cortesía.

“Conviértanse porque ya está cerca el reino de los cielos” Homilía 22 enero 2023

“El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció…. Porque tú quebrantaste su pesado yugo, la barra que oprimía sus hombros y el cetro de su tirano”.
Hoy la Palabra de Dios presenta tres temas fundamentales: el primero es el de la Luz. El segundo es la comunión eclesial. Y el tercero es la conversión pastoral y la Iglesia en Salida.
La clave para entender el concepto de luz, al que se refiere la Palabra de Dios, lo clarifica el Salmo 26; con el hemos respondido a la proclamación de la primera lectura: “El Señor es mi luz y mi salvación”.

Si el Señor es mi luz quiere decir, que no se trata de la luz proyectada por el sol, ni por la electricidad, o por una flama, sino de la persona de Jesús, que vino al mundo para iluminar el sentido de la vida y el destino para el que es y tiende esta vida terrestre. Pero además es una persona que interviene para apoyar y defender a sus discípulos de los riesgos y peligros por los que vayan pasando: “El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién podrá hacerme temblar?”
La persona de Jesús orienta la manera como debemos afrontar la vida, y clarifica las actitudes para adquirir la fortaleza ante las adversidades. Y su conducta muestra la forma como debemos relacionarnos unos con otros. Sus enseñanzas las confirma con su vida coherente, hasta el extremo. Así la persona de Jesús muestra que Él es el camino, que conduce a la Verdad.

Recorriendo el camino de la vida, siguiendo a Jesús, nuestra relación con los demás será siempre propositiva, creativa y constructiva; por tanto el resultado será la comunión con los demás, que se vuelve el signo claro, de que caminamos correcta y acertadamente hacia la verdad.
Por eso, san Pablo advierte a la comunidad: “Los exhorto, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que todos vivan en concordia y no haya divisiones entre ustedes, a que estén perfectamente unidos en un mismo sentir y en un mismo pensar”.
Y lo hace porque ha recibido información de la división, que se ha extendido en la comunidad de los Corintios: “Me he enterado, hermanos, por algunos servidores de Cloe, de que hay discordia entre ustedes. Les digo esto, porque cada uno de ustedes ha tomado partido, diciendo: «Yo soy de Pablo», «Yo soy de Apolo», «Yo soy de Pedro», «Yo soy de Cristo». ¿Acaso Cristo está dividido? ¿Es que Pablo fue crucificado por ustedes? ¿O han sido bautizados ustedes en nombre de Pablo?”
Una comunidad dividida no es auténtica comunidad eclesial. La comunidad que desea Dios, Nuestro Padre es la que nace y crece en el amor. Y como Dios es amor, desea que nos preparemos a convivir con Él toda la eternidad; por esta razón es indispensable esforzarnos en procurar y promover la comunión a toda costa.

De ahí, el por qué el Papa San Juan Pablo II en su Carta Apostólica: “Novo Millennio Ineunte” afirma de manera contundente: “Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo” (No. 43).
Este camino de educar y vivir la comunión se concreta de manera certera tomando conciencia de la Conversión Pastoral, la cual consiste en aceptar que el Reino de Dios, anunciado por Jesucristo es su persona, que expresado en su vida está ya presente en medio de nosotros, conforme lo recuerda hoy el evangelio de San Mateo: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras una luz resplandeció. Desde entonces comenzó Jesús a predicar, diciendo: Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos”.
A continuación el Evangelista narra la llamada que hizo Jesús a los 4 pescadores Pedro y Andrés, Juan y Santiago, quienes dejando las redes y a sus padres, siguieron a Jesús. La respuesta vocacional es el primer paso para nuestra conversión pastoral.

Debemos descubrir nuestra vocación, por tanto debo preguntarme que me pide Dios: ¿Para qué me ha dado Dios la vida, en medio de mis contextos de vida actual? Este es el primer paso de la Conversión Pastoral, creer que el Reino de Dios está presente y a nuestro alcance, que consiste en vivir y promover la comunión, la buena relación humana, fraterna, solidaria y subsidiaria, y orientar mi vida con la espiritualidad de la comunión.

El segundo paso es la misión; es decir, lo que descubro me pide Dios, ponerlo en práctica. Lo cual será responder a las necesidades y situaciones, que encuentro en mi contexto familiar, vecinal, social y mundial; y así dar mi aporte para con mi testimonio invitar a otros a seguir a Jesús en comunión eclesial. Esto es lo que el Papa Francisco llama “Iglesia en Salida”. San Mateo lo explicita con las primeras actividades, con las que Jesús inicia su misión: “Andaba por toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando la buena nueva del Reino de Dios y curando a la gente de toda enfermedad y dolencia”.

Hoy también Jesús nos dirige la llamada a la Conversión Pastoral, en este desafiante tiempo, que nos toca vivir. Es oportuno interrogarme, si ya he descubierto a qué me ha llamado Dios en este vida, en esta etapa que vivo, en mis contextos y relaciones actuales. Y segundo, tomar conciencia de lo que he hecho actualmente, y darle gracias y pedir me ayude a seguirle respondiendo cada día.

Nuestra Madre, María de Guadalupe, ha sabido siempre responder positivamente a la llamada de Dios, aceptando y realizando sus proyectos. Por eso ha venido a nuestras tierras para ayudarnos a dar nuestra respuesta: ¡Pidámosle nos auxilie como buena Madre, que es con nosotros!

Madre de Dios y Madre nuestra, conscientes del tiempo tan desafiante que vivimos ante tanta ambigüedad y confusión de mundo actual, donde ha crecido la violencia y el odio, y aunque los acontecimientos de nuestra existencia parezcan tan trágicos y nos sintamos empujados al túnel oscuro y difícil de la injusticia y el sufrimiento, ayúdanos a mantener el corazón abierto a la esperanza, confiando en Dios que se hace presente, nos acompaña con ternura, nos sostiene en la fatiga y, orienta nuestro camino para estar vigilantes, buscando el bien, la justicia y la verdad.

Con tu cariño y ternura transforma nuestro miedo y sentimientos de soledad en esperanza y fraternidad, para lograr una verdadera conversión del corazón, y generemos una Iglesia Sinodal, aprendiendo a caminar juntos; así seremos capaces de escuchar y responder al clamor de la tierra y al clamor de los pobres.
Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a manifestar a través de nuestras vidas que Cristo, tu Hijo Jesús, vive en medio de nosotros, y nos convirtamos así en sus discípulos y misioneros en el tiempo actual.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino, como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de
Guadalupe! Amén.

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