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Homilía – Peregrinación Arquidiocesana 2024

“El pueblo fue derrotado en la batalla y huyó. Muchos cayeron y entre los muertos se encuentran Saúl y Jonatán”.
El rey Saúl y su hijo Jonatán murieron en la batalla, afirma esta lectura del libro de Samuel. En ese momento, David al recibir la noticia rasgó sus vestiduras y con él prorrumpieron todos en lamentaciones y en llanto, y ayunaron hasta la noche por Saúl y Jonatán.
David entonó una elegía por Saúl y su hijo Jonatán, y en esta elegía manifestó su dolor por la muerte del rey Saúl y su hijo, lamentando: ¿Por qué cayeron los valientes en medio de la batalla?
Considero que la mayoría de nosotros ha vivido de alguna manera situaciones que nos duelen, y nos atraviesa el corazón. Vivimos situaciones lamentables, ya sea por enfermedad, conflictos internos en la familia, conflictos en el ambiente laboral o tragedias, como homicidios que se han verificado en nuestro contexto social, de gente conocida, y también otros que sufren porque han hecho esos males. Y quizá están recluidos.
En fin, todas estas situaciones nos causan dolor, ¿verdad? Nos hacen llorar muchas veces y no es fácil salir de ellas. Sin embargo, debemos descubrir que las derrotas y las muertes de seres queridos, hay que, como lo hace David, expresarlas y compartirlas. No hay que callarlas como si nada hubiera pasado, sino darlas a conocer a los demás, compartiendo lo que está sintiendo nuestro corazón. De esa manera, si lo hacemos así, como lo hizo el rey David, nosotros encontraremos el consuelo. Y será una causa que propiciará el desarrollo y crecimiento de nuestro espíritu y de nuestra fe en Dios.
De manera que, aunque nos duelan las situaciones lamentables, debemos aprovecharlas, ya que nos ayudan a desarrollar nuestro espíritu y la comprensión de lo que somos y de lo que son los demás para nosotros. No tengamos miedo de compartir nuestros sentimientos.
Eso abrirá, sin duda, nuestro corazón y, si tenemos en cuenta lo que hoy proclamaba Jesús en el Evangelio de Marcos, descubriremos que Dios mediante el Espíritu Santo camina con nosotros: «Se ha cumplido el tiempo, el Reino de Dios ya está cerca, arrepiéntanse y crean en esta buena noticia, en la buena nueva, en el Evangelio.»
La conversión pastoral, es creer que los discípulos de Jesucristo hacemos presente el Reino de Dios porque el Espíritu Santo nos acompaña. Efectivamente, Jesús le pidió a su Padre que a sus discípulos siempre nos acompañara, el Espíritu Santo. Él nos fortalece, nos hace crecer, nos hace ser fuertes ante cualquier tipo de tragedia, dolor y situación lamentable. Esa es la fortaleza interior

que ofrece Jesús en el Evangelio: la conversión pastoral, la presencia del Reino de Dios en medio de nosotros.
Esa es la conversión pastoral que en el año 2007 proclamábamos los Obispos reunidos en Aparecida, Brasil, para todo el continente. Distinguir entre la conversión personal, que es la respuesta individual de cada persona de conducirse acorde a los mandamientos, y la Conversión Pastoral que es tomar conciencia que como miembros de la comunidad de los discípulos de Jesús, nos acompaña el Espíritu Santo.
Por ello, los invito a que, en un momento de silencio, cada uno de ustedes recuerde esa situación difícil, lamentable, trágica o simplemente que los llenó de tristeza. Y digámosle a nuestra Madre lo que sentimos dentro.
¿Por qué? Porque precisamente María de Guadalupe hace ya casi 500 años vino a estas tierras a consolar a los pueblos originarios y a decirles que ella es la Madre del verdadero Dios por quien se vive. Ella es la que trae esa buena noticia de que, a pesar de las derrotas en el mundo, eso no significa la muerte de nuestro espíritu, sino al revés, el desarrollo espiritual y el crecimiento de la persona en su conciencia de ser hijo de Dios, y de tener a Dios como Padre: «Yo soy la madre del verdadero Dios por quien se vive». A eso hemos venido a esta casita sagrada. Hoy no duden en abrirle su corazón.
Los invito a ponerse de pie delante de ella en un momento de silencio y abrirle nuestro corazón a nuestra Madre.
Tu madre querida, María de Guadalupe, bien conoces que Dios es amor y que hemos sido creados a su imagen y semejanza. Te pedimos nos acompañes para que nuestras familias sean cuna del amor, donde aprendamos y experimentemos la alegría de amar y ser amados.
Invocamos tu auxilio por todas las familias en nuestra patria querida y especialmente en nuestra Arquidiócesis de México, para que encontremos los caminos de reconciliación y logremos la paz al interior de cada familia y en la relación de unas con otras en las vecindades, cotos y departamentos, y en nuestra manera de comportarnos al transitar por las calles y comercios con gran confianza.
Ponemos en tus manos al Papa Francisco, fortalécelo y acompáñalo en su ministerio pontificio. Ayúdanos a responder a su llamada para que renovemos nuestra aspiración de ser una Iglesia Sinodal, donde todos seamos capaces de escucharnos, de discernir la voluntad de Dios Padre, de ponerla en práctica, y transmitirla a nuestro prójimos.
Todos los fieles participantes en esta peregrinación Arquidiocesana nos encomendamos a ti, que brillas en nuestro camino como signo de salvación y de

esperanza: Oh Clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María de Guadalupe: Amén.

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