¿Qué sentido tiene que los sacerdotes prediquemos? Homilía Cardenal Carlos Aguiar Retes, Fiesta del Seminario Conciliar de México 2025,
“El Señor Dios llamó al hombre y le preguntó: ¿dónde estás? Éste le respondió: oí tus pasos en el jardín y tuve miedo porque estoy desnudo y me escondí… La mujer que me diste por compañera me ofreció del fruto del árbol y comí”.
Una primera reflexión de este diálogo entre Dios y Adán nos permiten descubrir la necesidad de reconocer nuestra desnudez ante Dios. Reconocernos desnudos ante Dios, es decir, que debemos de tener siempre presente que Dios nos ve. Conoce nuestras intenciones, sabe de nuestros deseos y anhelos. Y no podemos ocultárselos. Hay que aprender a tomar conciencia de nuestra desnudez ante Dios.
La segunda reflexión es que le echa la culpa a la mujer: “La mujer que me diste por compañera es la culpable, me ofreció el fruto del árbol y comí”. La evasión de nuestra responsabilidad nos induce a descargar en otro la culpa. Es una tendencia natural. Nadie quiere reconocerse pecador. Nadie quiere reconocer sus errores. No es la natural reacción, pero nosotros, discípulos de Cristo, tenemos siempre que aprender a superar esa tendencia natural del hombre y recordar que ante Dios no queda nada oculto. Y no debemos echarle la culpa a los demás, a las autoridades correspondientes, que fue el otro y no yo.
La mujer igual. Le pregunta Dios: “¿Por qué has hecho esto?” Repuso la mujer: “La serpiente me engañó y comí”. Tanto el varón como la mujer, somos seres de la misma especie. Tenemos las mismas tendencias y por ello debemos reconocer que ante Dios no se oculta nada de nuestros pensamientos, ilusiones y opciones. Debemos tomar conciencia que Dios me ve y me conoce.
¿Qué nos puede ayudar para tener esta conciencia permanentemente? Por lo menos así me inculcaron a mí en el seminario, “el examen de conciencia”. Nos los hacían hacer tres veces al día, pero creo que basta una. Ahora hago una nada más, por la noche, antes de dormir, para descubrir mi vida de ese día, y sobre todo para darle gracias a Dios, de lo que se va logrando gracias a Él.
De la carta del apóstol San Pablo recogemos lo siguiente: “Dios Padre, nos ha bendecido. Él nos eligió en Cristo”. Veamos ese amor de Dios. No es un superior que está pendiente de mí para ver en qué caigo y darme un castigo. No, Dios nos ha bendecido. Nos eligió en Cristo para que fuéramos sus hijos, hijos de Dios, porque en el bautismo nos acepta oficialmente Dios como sus hijos. Y si somos hijos de Dios somos hermanos, porque tenemos un mismo Padre.
También dice San Pablo: “Con Cristo somos herederos. Estábamos destinados según su voluntad para que fuéramos una alabanza continua de su gloria”. Somos hijos destinados a vivir y testimoniar la naturaleza de Dios. Dios es amor. Por eso es que al hermano lo debemos amar. El que ama va generando una intimidad profunda de relación con quien es nuestro Padre.
Finalmente, en el Evangelio vemos un diálogo entre el Ángel y María. Descubramos en este hermoso pasaje del Evangelio, la propuesta de un proceso. Un proceso en el cual diálogo y acción son fundamentales. Esa es prácticamente la finalidad de orar: para dialogar con Dios. Y de ese diálogo el Señor siembra en nuestro interior lo que espera de mí, por eso también el examen de conciencia no es solamente para ver qué pude haber hecho de malo, sino más bien qué ha sembrado Dios en el corazón.
Porque constantemente en la cotidianidad de los días percibimos situaciones de dolor, de adversidad, de enfermedad, de muerte en nuestro entorno. Sea en el nivel familiar, en el nivel eclesial, en el nivel pastoral, en el nivel social. Por eso es interesante ver cómo reacciona María, para que sea nuestro modelo a seguir.
María a la palabra del ángel: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. Porque has hallado gracia delante de Dios”. María le responde: “¿Cómo podrá ser esto de que me encomiendes de concebir y dar luz a un hijo?” El ángel le contestó: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti”.
Levante la mano quien está confirmado con el Sacramento de la Confirmación. Todos, es decir, con ese sacramento ya se nos dio la clara señal de la asistencia del Espíritu Santo que Jesús prometió a los apóstoles: “Yo le voy a pedir a mi Padre que también a ustedes, como lo ha hecho conmigo, los asista el Espíritu Santo”. Ya no solamente somos hijos por el bautismo, sino que, por el sacramento de la confirmación, somos discípulos y misioneros.
La misión de cada uno de nosotros es diferenciada, es distinta, es variada porque son muchas las situaciones de la humanidad a las que Dios nos va pidiendo responder. Pero entonces, ¿qué tenemos que decir nosotros? ¿Cómo podrá ser esto como hizo María? ¿Cómo podrá ser que yo sea un discípulo misionero, llamado a esto o aquello, a ser el religioso, religioso sacerdote, a ser un agente de pastoral, a ser una persona honrada en la sociedad?
Debemos confiar como María le dijo al ángel: “No te preocupes, el Espíritu Santo descenderá sobre ti”. También a nosotros ya nos lo dio con ese sacramento. Por tanto, ¿qué debemos responder? Como María: “Yo soy la esclava del Señor, cúmplase en mí lo que me has dicho”. Quizá ya se lo dijimos muchos de aquí, pero es necesario recordarlo de vez en cuando. Que le digamos: “Estoy para servirte, Señor. Estoy para hacer tu voluntad”.
¿Y cuál es esta conclusión? ¿Cuál es la gracia que recibimos? La vocación y misión que descubrimos en nuestro interior; por tanto nuestra respuesta positiva debe mantenerse en fidelidad como lo hizo María. Por eso ella es modelo.
No sé si se han enterado que el Papa León afirmó recientemente que María es Corredentora, lo que ya alebrestó algunos teólogos, aunque otros no. Es Corredentora en el sentido de que se conduce como su hijo Jesús, y obedece la voluntad del Padre. Nosotros también en ese sentido colaboramos con la redención dándola a conocer, ya que somos sus discípulos misioneros, que colaboramos para que los demás también se salven. ¿O qué sentido tiene que los sacerdotes prediquemos? ¿Qué sentido tiene que organicemos la comunidad eclesial?
Estamos llamados para ayudar al necesitado. ¿Qué sentido tiene? Es servir, servir a los demás en sus necesidades. El Señor pues nos ayude a seguir el proceso de María. Que advirtamos para no caer en la tentación de Adán y Eva de echarle la culpa al otro de lo que no hicimos bien; sino mantenernos ante la presencia de Dios desnudos, conscientes de que él me ve, me conoce, me fortalece y me asiste. ¡Que así sea!
