La sabiduría divina. Cardenal Carlos Aguiar Retes.
“Si tú lo quieres, puedes guardar los mandamientos. Permanecer fiel a ellos es cosa tuya”.
Delante del hombre están la muerte y la vida. Le será dado lo que él escoja. Así anuncia la primera lectura, tomada del libro del Sirácide, o también llamado Eclesiástico. Claramente anuncia, que Dios nos ha creado con la capacidad de ser plenamente libres. Depende de nosotros elegir el camino de la muerte o el camino de la vida.
Por eso expresábamos cantando a esta lectura: “dichoso el que cumple la voluntad del Señor”. Efectivamente si para algo vino Cristo al mundo, fue para ser Luz y Camino. Dichosos nosotros si lo cumplimos, si actuamos como Jesús nos enseñó. “Dichoso el que es fiel a sus enseñanzas y lo busca de todo corazón”. Fue parte de nuestro canto a la primera lectura.
Es, pues, responsabilidad nuestra descubrir, qué desea Dios de nosotros, cuál es mi vocación, para qué me dio la vida. Y por eso también cantábamos: “ábreme los ojos para ver las maravillas de tu voluntad”.
Por su parte, san Pablo nos orienta a valorar las enseñanzas de Jesús y de los apóstoles como camino para adquirir la sabiduría, que nos conduzca a la gloria. En la segunda lectura escuchábamos al apóstol afirmar: “Les predicamos la sabiduría, una sabiduría divina, misteriosa, que fue prevista por Dios para conducirnos a la gloria”.
Normalmente nos referimos con esta palabra a alguien que sabe muchas cosas, que con el entendimiento las ha aprendido, que es un sabio. Jesús distingue entre esta sabiduría humana y la sabiduría divina.
¿Cuál es ésta sabiduría divina? Es el Evangelio. A Jesucristo, conocerlo en su vida y en sus enseñanzas, nos da la sabiduría del corazón, la cual es distinta de la sabiduría de la mente.
La sabiduría de la mente es la que nos confronta con el otro, si no piensa igual que yo. La sabiduría del corazón es la que me hace ver en el otro a un hermano, hijo de Dios como lo soy yo. ¿Ven la diferencia?
Por eso hagamos nuestra la aclamación que cantamos en el Aleluya: “Yo te alabo, Padre, porque has revelado los misterios del Reino a la gente sencilla”.
Entonces, no se necesita ser muy inteligente ante los hombres para entender estas cosas, que Jesús expresa, y que ha explicado ampliamente en el Evangelio de hoy: “No crean que he venido a abolir la ley o los profetas. No, no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud”.
La ley, los mandamientos y las enseñanzas de Jesús son faros de luz para recorrer el camino de la vida con plena confianza en Dios, y experimentando su ayuda ante las adversidades. Por eso, un buen discípulo de Jesús sabe afrontar las adversidades, no les tiene miedo; sabe que todo se va a resolver de alguna manera, y que traerá sus frutos.
Esto es lo que nos enseña Jesús a lo largo del Evangelio que escuchábamos. Y la alegría la experimentaremos al cumplir satisfactoriamente nuestras responsabilidades.
No podemos hacer más que lo que nos toca a nosotros. Es el otro, el prójimo, quien también debe comportarse, y él es quien dará cuentas de su vida, no yo. Aun del padre al hijo, de la madre a la hija, de los padres a los hijos, a los nietos y a los abuelos, cada uno dará cuentas ante el Señor, porque Dios conoce nuestro corazón.
Pidamos a quien vino a nuestras tierras, a nuestra Madre, María de Guadalupe, que nos acompañe y auxilie para cumplir fielmente nuestra vocación de vivir con plena libertad y asumir nuestras responsabilidades, adquiriendo la sabiduría misteriosa, la sabiduría divina.
Pongámonos de pie y abramos nuestro corazón a nuestra Madre Santísima:
Bendita seas, Madre nuestra, María de Guadalupe. Con enorme alegría hemos venido a saludarte y agradecerte por todos los beneficios que, a través de ti, hemos recibido durante estos casi 500 años de tu presencia entre nosotros.
Hoy la Palabra de Dios nos señala la necesidad de auxiliarnos con los mandamientos, para que sean luz que ilumine nuestra conciencia y clarifique nuestras decisiones, y con plena libertad actuemos conforme desea y espera Dios, nuestro Padre.
Para ello es necesario aprender de tu ejemplo y de tu actitud ante la voluntad de Dios Padre, y entregar nuestra vida al servicio, de quienes nos necesitan. De esta manera podremos ir adquiriendo la sabiduría divina, que es el auténtico amor, y así lograremos compartir con generosa alegría, lo que somos y tenemos con nuestros prójimos, especialmente con los más necesitados.
Todos los fieles aquí presentes este domingo nos encomendamos a ti, que brillas en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza.
¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.
