Festival de las Familias Cardenal Carlos Aguiar Rete
“Señor, Dios nuestro, pastorea a tu pueblo con tu cayado”.
En la primera lectura, el profeta Miqueas recuerda al pueblo de Israel que, dada la bondad y misericordia de Dios, no deben dudar nunca de su amor, porque siempre serán perdonados.
El cayado es lo que representa este báculo de los obispos: somos pastores y ustedes son ovejas, en el sentido de la parábola. Afirma el profeta Miqueas: “Pastorea a tu pueblo con tu cayado, al rebaño de tu heredad. Te complaces en ser misericordioso. Volverás a compadecerte de nosotros”.
La voz del profeta recordaba al pueblo de Israel que debía ser obediente a la Palabra de Dios. Y añade: “Te complaces en ser misericordioso”. Es decir, a Dios le da gusto que también nosotros lo seamos.
Por eso cantábamos el salmo responsorial: “El Señor es compasivo y misericordioso”. Compasivo significa que, al escuchar lo que le sucede al otro, uno se conmueve ante lo que está escuchando, ante lo que le ha pasado.
Así vemos al padre de la parábola cuando escucha a su hijo, que se había perdido. Eso es ser compasivo y misericordioso.
En latín, “cor” significa corazón; misericordia significa tener un corazón capaz de compadecerse desde dentro. No fingido, no porque “toca”, no porque así voy a caer bien. No. Es porque realmente me ha movido la situación del otro, a tal punto que voy a tratar, en lo que esté en mis manos, de ayudarle.
En el Evangelio escuchábamos esta hermosísima parábola del Parábola del hijo pródigo. Y no por escucharla muchas veces significa que nos va a mover, sino por la forma en que la dejemos entrar en nuestro corazón.
Dice el texto que los fariseos y los escribas murmuraban entre sí mientras escuchaban a Jesús de Nazaret. Decían: “Este recibe a los pecadores y come con ellos”. No entendían que un profeta como Jesús —así lo consideraban— se sentara con pecadores públicamente, porque era mal visto. “Se anda juntando con gente que va por caminos perdidos”.
Sí, Jesús se juntaba con todo el mundo para tratar de ayudarle. Y por eso explica esta bellísima parábola, para que entiendan por qué recibe y come con publicanos y pecadores.
De la parábola subrayo lo siguiente: el paso importante es el reconocimiento del hijo pródigo de que se equivocó y que, arrepentido, regresa a casa.
Fíjense lo que dice el hijo pródigo: “Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti”. Y añade: “Ya no merezco llamarme hijo tuyo; tómame como a uno de tus trabajadores”.
¿Ven la humildad que alcanzó este hijo pródigo? Él pensó que la vida era hacer lo que a uno le viniera en gana, lo que simplemente le atrajera, creyendo que eso le daría placer y gusto. Pero eso lo llevó a la caída.
Muchas veces, cuando reconocemos que nos equivocamos, descubrimos que buscábamos cosas que no son alegría, ni para otros ni para Dios. Por eso necesitamos tener la capacidad del hijo pródigo: ponernos en camino hacia la casa del Padre.
La dificultad se vence cuando tenemos siempre presente la fidelidad del Padre bueno. Dios siempre nos perdona.
Por eso, cuando los discípulos veían a Jesús orar, le dijeron: “Enséñanos a orar”. Y él les enseñó a decir: “Padre nuestro”. Padre bueno. Eso es lo que debemos tener siempre presente.
De esa manera podremos recibir siempre a nuestro hermano, al prójimo, cuando se haya extraviado y regrese a la casa, a la fraternidad de los hijos de Dios.
¿Verdad que nos hace falta generar estos sentimientos, transmitirlos y promoverlos?
Hoy que recordamos a la familia, debemos reconocer que la familia es la cuna del amor. Si una familia vive esto en su interior, será un gran aporte para la sociedad.
De las familias depende que podamos salir de estas situaciones tan dolorosas: cuando no se respeta la dignidad humana, cuando no se respeta la vida del otro.
La familia, porque así lo creó Dios. Dice el Génesis: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”.
Padre, Hijo y Espíritu Santo: tres personas y un solo Dios. Este es el desafío de toda familia, de nuestro pueblo y de nuestra nación, México.
Se dice, según encuestas, que alrededor del 80 % de la población se profesa católica en nuestro país. Pero el testimonio que damos como sociedad no parece reflejar ese 80 % fiel a Jesús. Hay mucho por hacer.
Pidámosle al Padre que podamos escuchar también esas palabras del padre bueno de la parábola: “Hijo, tú siempre estás conmigo”.
Que sintamos esa cercanía con Dios ante cualquier adversidad que vivamos. Y que sepamos recibir al hermano perdido, al prójimo que se haya extraviado y regrese a la familia, a la vecindad, a la relación social, para que así generemos la fraternidad que Dios quiere para nuestra arquidiócesis y para nuestra nación.
Que así sea.
