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Cristo vive en medio de nosotros, Cardenal Carlos Aguiar Retes, Domingo de Resurrección

“Este es el día del triunfo del Señor”.

“En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo… Jesús de Nazaret… nos mandó predicar al pueblo y dar testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos…, cuantos creen en Él… reciben el perdón de los pecados”.

Recibir y transmitir lo que ahora hemos escuchado, es decir, que Cristo vive en medio de nosotros, mediante nuestro testimonio personal, familiar y comunitario, es nuestra gran responsabilidad. ¿O no les da gusto cuando ustedes expresan a sus amigos una gran alegría de su vida? ¿Les da alegría, verdad?

Pues bien, la alegría inmensa, que no tiene comparación con esas pequeñas alegrías nuestras, es la vida eterna. Por ello, tenemos que transmitirla, no quedarnos con la convicción de forma personal, sino compartirla con quienes tenemos confianza: familias, grupos sociales. Nos falta mucho para que nuestro pueblo no solamente mantenga las tradiciones religiosas, sino que también viva alegremente la fe que tenemos en la vida eterna.

¿Cómo podremos realizar satisfactoriamente esta gran responsabilidad? En la lectura del apóstol san Pablo a los Corintios encontramos esta expresión: “¿No saben ustedes que un poco de levadura hace fermentar toda la masa?”. Ustedes saben, lo tienen comprobado una y mil veces, que la levadura fermenta.

San Pablo afirma: “Celebremos la fiesta de la Pascua, no con la antigua levadura, con la forma equivocada de vida que es vicio y maldad, sino con el pan sin levadura, que es sinceridad y verdad”.

La levadura falsa es la del vicio y la maldad; lo que debemos promover, dice san Pablo, es la sinceridad y la verdad. La renovación y transformación constante, a la luz del Evangelio, de estas palabras que escuchamos, nos convierte en discípulos capacitados para ser misioneros que transmitan este anuncio de la alegría de Cristo resucitado.

Para adquirir esta levadura más fácilmente, debemos meditar y comprender la vida de Jesús y sus enseñanzas, y centrarlas siempre en la resurrección y la vida eterna, que nos espera en la casa de Dios, nuestro Padre.

Cada generación humana necesita la lectura y meditación de la Palabra de Dios. En el Evangelio, san Juan lo expresa así: “Hasta entonces, los discípulos no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos”.

Porque una vez que entendamos las Escrituras y vivamos conforme a la Palabra de Dios, podremos compartirlas y convertirnos en auténticos y fecundos discípulos de Jesucristo, discípulos misioneros de Jesucristo. Que así sea.

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