¿Qué aprendimos del Papa Francisco? Cardenal Carlos Aguiar Retes
“Esteban habló ante el Sanedrín: ‘Hombres cerrados de corazón y de oídos, ustedes resisten siempre al Espíritu Santo’”.
La primera lectura que hemos escuchado de los Hechos de los Apóstoles nos muestra que la resistencia al Espíritu Santo se produce cuando nos aferramos a nuestras tradiciones, a nuestras costumbres, a nuestra propia ideología, a lo que pensamos. No dejamos que la Palabra de Dios toque nuestro corazón.
Esteban, de quien se habla, antes de ser apedreado y muerto —uno de los primeros que dieron la vida por Jesús—, confió en Él. En efecto, Jesús prometió que le pediría a Dios Padre que, así como lo asistió a Él, el Espíritu Santo nos asista a todos sus discípulos, a todos nosotros.
Pero, atención: no hay que resistirnos a esa ayuda; hay que escucharla y apoyarnos en ella, porque si no, pasa como con los miembros del Sanedrín: se enfurecieron. Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, dijo: “Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios”. Entonces se precipitaron sobre él, lo sacaron fuera de la ciudad y comenzaron a apedrearlo. Mientras lo apedreaban, Esteban repetía esta oración: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”, y diciendo esto se durmió en el Señor.
La confianza en Dios nos fortalece ante cualquier adversidad, ante cualquier problema. Quizá muchas veces nuestra tendencia es buscar a un amigo, a una persona de confianza para exponerle nuestra situación. Esta lectura nos invita a que, ante cualquier dificultad, adversidad, problema o tribulación, levantemos primero los ojos al cielo y digamos: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?”. De esa forma viviremos el testimonio de san Esteban.
En el Evangelio, además, siguiendo en esta línea, encontramos cómo la gente le pregunta a Jesús: “¿Qué signo vas a realizar tú para que lo veamos y podamos creerte?”. Desconfiados, ¿verdad? No le creyeron a su palabra y le dijeron: “Nuestros padres comieron el maná en el desierto”. Jesús respondió: “No fue Moisés quien les dio pan del cielo; es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo”. Entonces le dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan”.
¿Ven por qué venimos a la Eucaristía? Porque Jesús dijo: “Yo soy el pan de la vida”. ¿Qué aprendemos desde niños en la catequesis? Que en el sagrario está Jesús, y ese Jesús viene a nuestro interior cuando comulgamos. Cuando escuchamos la Palabra de Dios, recibimos luz para nuestra conducta y para ser buenos discípulos suyos; y cuando comulgamos, es Cristo quien camina con nosotros. Por eso, es fundamental descubrir que en la Eucaristía nos encontramos con Jesús, pan que da vida y nos conduce a la vida eterna.
Yo conocí al Papa Francisco muchos años antes de que fuera Papa, desde 2001, y descubrí que celebraba la Eucaristía con gran pasión. En él se veía una profunda confianza en el Señor, y nos dejó su testimonio ya como pontífice: en su guía a la Iglesia, en su relación con otras religiones, en su bondad y, al mismo tiempo, en su firmeza. No es fácil conjugar ambas: bondad, misericordia, firmeza, constancia y fidelidad.
Por eso, con plena confianza, le pedimos a Dios lo que quizá ya estamos convencidos quienes lo conocimos: el Papa Francisco ya está gozando con Él por toda la eternidad.
Que así sea.
