¿Qué tipo de tierra somos? Cardenal Carlos Aguiar Retes, Tikvah 2026
“Señor, danos siempre de tu agua”.
¿Se les quita la sed con el agua de la vida? Sí. Por ello, Jesús toma el agua como signo para que nosotros respondamos a la Palabra de Dios. La Palabra de Dios es esa agua que necesitamos para ser fieles discípulos de Jesús.
Por eso, el profeta Isaías, en la segunda lectura, afirma: “La palabra que sale de mi boca no volverá a mí sin resultado”. Esto significa que es una palabra fecunda, una palabra que da fruto.
Quizá la mayoría de ustedes, que son citadinos, conocen poco de la agricultura y del campo. Pero saben que siempre se siembra la semilla y no todas producen fruto. Así también sucede con el ser humano. Se proclama la Palabra de Dios, pero no todos son tierra buena, como dice Jesús al explicar la parábola del sembrador. No en todos germina la Palabra.
Por ello, siempre que escuchemos la Palabra de Dios y la pongamos en práctica, permitiremos que esa semilla germine. No basta con decir: “Ya escuché el Evangelio”. Hay que vivir conforme a lo que hemos escuchado.
Quien escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica tendrá grandes y sorprendentes resultados, mucho más de lo que esperaba, si lleva a su conducta y a su relación con los demás las enseñanzas de Jesús. Por eso respondíamos: “Señor, danos siempre de esta agua”, de la que puedo beber y con la que se me quita la sed. Esa agua cumple su cometido y mi cuerpo lo agradece.
El apóstol san Pablo, en la segunda lectura, también nos dice que la libertad es indispensable. Dios no obliga a nadie a ser su discípulo; a nadie. Él invita. Dice san Pablo que la libertad es indispensable para superar la corrupción y desarrollar la auténtica libertad que nos conduce a cumplir la voluntad de Dios. ¿Y qué libertad es esa? Es la propia, la que cada uno tiene para tomar sus decisiones.
También nos advierte: “La creación —es decir, nosotros, que somos parte de ella— está ahora sometida al desorden, pero será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios”. ¿Qué quiere decir esto? Que, si escuchamos la Palabra de Dios y la ponemos en práctica, podremos alcanzar la auténtica libertad: la libertad de elegir el bien.
¿Es propicio para la siembra un terreno pedregoso? ¿Verdad que no? Sin embargo, aplicado a nuestra vida, tenemos que preguntarnos: ¿qué tipo de tierra soy?
Escuchemos lo que significa esta parábola. Dice Jesús: “Todo el que oye la palabra del Reino y no la entiende, viene el maligno y arrebata lo sembrado en su corazón”. Eso significa que los granos cayeron a lo largo del camino; es decir, no dejamos que la Palabra haga eco en nuestro interior.
A veces pensamos: “Yo ya conozco la parábola del sembrador. ¿Cuántas veces no la he escuchado?” Pero no se trata solo de conocerla. Se trata de permitir que esa Palabra toque nuestro interior y nos ayude a mirar con sinceridad nuestra propia conducta. De lo contrario, seremos como los granos que cayeron al borde del camino.
Dice también Jesús: “Lo sembrado sobre terreno pedregoso es el que escucha la Palabra y la recibe con alegría; pero no tiene raíces y es inconstante. Apenas llega una tribulación o una persecución por causa de la Palabra, sucumbe”.
Tenemos que ir formando en nosotros la valentía para afrontar la adversidad. Las cosas no siempre son fáciles y las pruebas tampoco lo son. Es en esos momentos cuando descubrimos quién es un verdadero amigo, una verdadera amiga, y en quién podemos confiar.
Por eso, Jesús nos invita a cultivar la constancia para no ser un terreno pedregoso.
Continúa diciendo: “Lo sembrado entre espinos representa al que escucha la Palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la sofocan y queda sin dar fruto”.
La ambición de tener nos hace preguntarnos: ¿para qué quiero tener tanto dinero? ¿Para qué quiero tener poder y dominar a los demás? ¿A dónde me conduce eso? Esa búsqueda desordenada termina por esclavizarnos y hacernos perder el camino que conduce a la verdadera libertad, la libertad gloriosa de los hijos de Dios, el camino que Dios ha pensado para cada uno de nosotros.
En cambio, dice Jesús al final: “Lo sembrado en tierra buena es el que escucha la Palabra, la entiende y da fruto: unos ciento por uno, otros sesenta y otros treinta”. Esto también nos enseña a respetar que cada persona da fruto de manera distinta. Tal vez alguien dé ciento, otro sesenta y otro treinta. No se trata de compararnos con los demás.
Simplemente, demos lo que está en nuestras manos. Expresemos lo que llevamos en el corazón, sin preocuparnos por ser más o menos que nuestro prójimo. Lo importante es vivir con misericordia.
Por eso, esta noche es importante preguntarnos: ¿Qué tipo de tierra somos? ¿Cuál ha sido nuestra experiencia al escuchar la Palabra de Dios? ¿La escuchamos y la dejamos al borde del camino? ¿La recibimos sobre terreno pedregoso? ¿La dejamos crecer entre espinos?
El lugar más conveniente para que la Palabra dé fruto es el silencio interior, donde la persona se encuentra consigo misma y con Dios. Como expresaba con frecuencia el papa Francisco, no basta con pensar solo con la mente. Con la mente percibimos la realidad; para eso nos sirve la inteligencia. Pero es el corazón, aquello que se mueve en nuestro interior, lo que nos hace verdaderamente misericordiosos.
La palabra misericordia tiene su raíz en el latín cor, cordis, que significa “corazón”. Ser misericordioso es tener un corazón capaz de compadecerse del otro.
Entonces, volvamos a preguntarnos: ¿Qué tipo de tierra somos?
Guardemos un breve momento de silencio, porque el silencio es indispensable para la vida personal.
Así sea.
