La fe nos genera confianza en Dios: Cardenal Carlos Aguiar Retes
“Esto dice el Señor: velen por los derechos de los demás y practiquen la justicia”.
En la primera lectura del profeta Isaías hemos escuchado cómo Dios está siempre atento a nuestras súplicas, a nuestra oración y dispuesto a ofrecernos su ayuda. Sin embargo, debemos ayudar, a nuestra vez, a nuestros prójimos y practicar la justicia.
Eso es lo que indica el texto del profeta: “Esto dice el Señor: velen por los derechos de los demás. Practiquen la justicia, porque mi salvación está a punto de llegar y mi justicia a punto de manifestarse… porque mi templo será la casa de oración para todos los pueblos”.
De esta manera, el profeta Isaías nos manifiesta esta característica divina de estar atento a nuestras súplicas; por ello, debemos invocarlo. Y eso es lo que hacemos siempre al orar, al presentarle a Dios nuestras necesidades con la plena confianza de ser escuchados.
San Pablo, en la segunda lectura de la carta a los Romanos, termina el texto de hoy afirmando: “Dios ha permitido que todos cayéramos en la rebeldía para manifestarnos a todos su misericordia”.
Es decir, también el equivocarnos, el ser rebeldes, el no aceptar en un primer momento algo, es muy natural, es la manera de nuestra conducta. Porque es normal, que haya cosas que no nos parezcan en primera instancia.
Y por eso lo señala así San Pablo: nos advierte que Dios nos ha creado para ser libres, y por ello, podemos extraviarnos y ser rebeldes a la voluntad de Dios.
Por esta razón, San Pablo nos recuerda, que Dios es misericordioso; es decir, siempre tendrá misericordia de cada uno de nosotros. Conoce nuestra naturaleza, y está en la mejor disposición de ayudarnos.
Finalmente, en el Evangelio vemos que esto es lo que indica también Jesús en su advertencia a los discípulos, y aunque pareciera hacer un poco de rechazo a lo que la mujer le está pidiendo. Ella era una mujer cananea que no pertenecía al pueblo judío.
Les muestra de una manera muy áspera, pero muy clara, porque Jesús se retiró a la comarca de Tiro y Sidón, es decir, a una zona donde ya no es el pueblo judío.
Entonces una mujer de allí, cananea, no perteneciente al pueblo judío, le salió al encuentro y se puso a gritar: “Señor,… ten compasión de mí. Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”… “Y postrada ante él le dijo: Señor, ayúdame”.
Y Jesús le dice, después de hacer ver, que realmente está dispuesta a reconocer la mano de Dios a través de él: “Mujer, qué grande es tu fe. Que se cumpla lo que deseas”. Y en aquel mismo instante quedó curada su hija.
La fe nos genera confianza en Dios. Por eso Jesús alaba a esta mujer: ¡Qué grande es tu fe! y le corresponde actuando en consecuencia. Sí, la fe nos facilita descubrir lo que debemos hacer, y cumplir la voluntad de Dios en nuestra vida.
Imploremos, pues, a nuestra madre María de Guadalupe, que nos ayude a fortalecer nuestra fe, especialmente cuando estamos afrontando una adversidad.
Todos ustedes seguramente recordarán que nuestro Santo Juan Diego estaba pasando la adversidad de la enfermedad grave de su tío, y nuestra madre María de Guadalupe, finalmente, después de hacerle caer en cuenta, que es necesaria la ayuda divina, le concede la salud a su tío.
Pidámosle a ella, porque seguramente muchos de los aquí presentes están afrontando alguna grande o pequeña adversidad. Abramos nuestro corazón a ella, que siempre nos escucha. En un breve momento de silencio y nos ponemos de pie.
Madre nuestra, María de Guadalupe, al escuchar hoy que Dios está siempre atento y bien dispuesto a escuchar nuestra oración y súplicas ante nuestras necesidades, en el auxilio divino, te pedimos nos ayudes a confiar siempre en tu Hijo Jesús.
Fortalécenos para manifestar con nuestra conducta la ayuda del Espíritu Santo. Y cuando caigamos en desgracia y situaciones difíciles de afrontar, seamos capaces de recurrir siempre a la oración, confiando en la misericordia divina.
Invocamos tu auxilio para ser fieles discípulos de Jesucristo, leyendo y meditando los Evangelios, siendo constantes en la participación de la Eucaristía y obedientes a sus enseñanzas, para propiciar la Civilización del Amor, y lograr la reconciliación y la paz social que anhelamos.
Todos los fieles aquí presentes este domingo nos encomendamos a ti, que brillas en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza.
¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María de Guadalupe! Amén.
