El significado de la misericordia: Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo de México
“Esforcémonos por conocer al Señor”.
El profeta Oseas, en la primera lectura, nos invita a conocer a Dios y descubrir lo que Él espera de mí: “Yo quiero amor y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos”. Así nos da a conocer, lo que Dios desea.
El mismo profeta, en nombre del Señor, reitera la importancia de aprender a amar, de conocer lo que Dios desea, que lo conozcamos a Él en su gran bondad y misericordia.
Por eso respondimos al salmo cantando: “Dios salva al que cumple su voluntad”.
San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda el ejemplo de Abraham que “esperando contra toda esperanza, creyó lo que Dios le había prometido: Tu descendencia será numerosa”.
“Ante la firme promesa de Dios, Abraham no dudó ni tuvo desconfianza, Antes bien, su fe se fortaleció”, a pesar de su edad y de que su esposa no le había dado ni un hijo.
“convencido de que Él es poderoso para cumplir lo que promete. Por eso Dios le acreditó esta fe como justicia”.
Así, Abraham nos ha dejado este gran testimonio de fe, creer en Dios, y también de esperanza, confiar en Él, lo cual debemos imitar.
Finalmente, en el Evangelio de San Mateo, o sea, el mismo que escribe el Evangelio, habla de cómo lo llamó el Señor. Nos cuenta su propia historia, su vocación y su generosa respuesta. Dice así el texto: “Jesús vio a Mateo y le dijo: Sígueme. Él se levantó y lo siguió”.
Mateo invitó entonces a Jesús a comer a su casa acompañado de sus amigos. Y “cuando estaba la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores se sentaron también a comer con Jesús y con sus discípulos…Los fariseos preguntaron a los discípulos: ¿Por qué su maestro come con publicanos y pecadores? Jesús los oyó y les dijo: No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos…aprendan lo que significa: ‘Yo quiero misericordia y no sacrificios”.
Por tanto, de esta Palabra de Dios podemos concluir: la misericordia es fundamental generarla en nosotros, si queremos ser discípulos de Jesús, si queremos ser discípulos que confían en Él, y que queremos darlo a conocer a Él. Y ésta debe ser siempre una característica de todos los que integramos la Iglesia.
¿Y quién vino a que esto se diera en nuestras tierras? María de Guadalupe. Por eso estamos aquí, ¿verdad? Qué gusto da venir con ella y dejar por allá su parroquia un día y venir para acá, porque saben, que ella nos ayuda a amar como ella nos ama, a confiar como ella confía en su Hijo, y a asumir las afrentas o los problemas con esta fe, que siempre ella tuvo y vivió ante todo lo que su Hijo Jesús afrontó y murió en la cruz.
Pidamos a nuestra Madre María de Guadalupe que nos ayude a descubrir nuestra vocación, lo que Dios quiere de mí, y nuestra misión que tenemos todos para dar a conocer, a través de nuestra vida, a Jesús, a su Hijo amado.
Por eso nos ponemos de pie, le abrimos nuestro corazón y le decimos: Yo quiero vivir la misericordia de Dios, como tú la vives. Y luego todos, abiertamente, en un breve momento de silencio, le dan su propia respuesta.
Madre nuestra María de Guadalupe, al escuchar lo que Dios espera de mí y de todos y cada uno de los aquí presentes, te pedimos nos ayudes a descubrir con claridad nuestra vocación y nuestra misión como fieles discípulos de Cristo, y seamos asistidos por el Espíritu Santo, para promover en nuestros ambientes: la civilización del amor que tanto necesitamos.
Danos el ánimo para conocer a tu Hijo Jesús y ser buenos discípulos suyos, leyendo y meditando los Evangelios, siendo constantes en la participación de la Eucaristía y obedientes a sus enseñanzas; y logremos ser misericordiosos para generar en nuestros ambientes una creciente fraternidad solidaria con nuestros prójimos, especialmente los más necesitados.
Invocamos tu auxilio por todas las familias cristianas, para que sean una iglesia doméstica, donde la ayuda fraterna y solidaria sea constante, propiciando con nuestra conducta la reconciliación y la paz social.
Todos los fieles aquí presentes este domingo, nos encomendamos a ti, que brillas en nuestro camino, como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María de Guadalupe. Amén.
