El agua para la vida del espíritu es la Palabra de Dios: Cardenal Carlos Aguiar Retes
“Señor, danos siempre de tu agua”.
El agua es indispensable para la vida física; de la misma manera, el agua para la vida del espíritu es la Palabra de Dios. Así lo expresa el profeta Isaías en la primera lectura: “La palabra que sale de mi boca no volverá a mí sin resultado, sino que hará mi voluntad y cumplirá su misión”.
Nosotros somos la tierra que recibe la Palabra de Dios, esa Palabra que nos orienta y nos ayuda a crecer espiritualmente para dar fruto. El mismo profeta Isaías lo explica con una hermosa imagen: “Como bajan del cielo la lluvia y la nieve, que no vuelven allá sin haber empapado la tierra, fecundarla y hacerla germinar”. Así sucede también con nosotros cuando permitimos que la Palabra encuentre un corazón dispuesto. Descubrimos la voluntad de Dios, Padre de nuestra vida, y experimentamos la fuerza de su ayuda.
Por su parte, san Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que las adversidades deben afrontarse con confianza en el auxilio de Dios, porque “los sufrimientos de esta vida no se pueden comparar con la gloria que un día se manifestará en nosotros”. Y añade: “Los que poseemos las primicias del Espíritu gemimos interiormente, anhelando que se realice plenamente nuestra condición de hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo”.
Estas dos lecturas nos ayudan a comprender con mayor profundidad la parábola que Jesús nos presenta en el Evangelio. Él nos enseña que no basta con entender la Palabra desde la inteligencia; es necesario abrir el corazón. Solo así aprenderemos a amar como Dios nos ama.
Jesús afirma que se cumple la profecía de Isaías en aquellos que permanecen únicamente en el plano intelectual: “Oirán una y otra vez, pero no entenderán”. Y añade que este pueblo ha endurecido su corazón. El corazón no está llamado a endurecerse, sino a permanecer siempre abierto a la misericordia. Por eso dice: “No quieren convertirse ni que yo los salve”. En cambio, “lo sembrado en tierra buena representa a quienes oyen la Palabra, la entienden y dan fruto: unos el ciento por uno, otros el sesenta y otros el treinta”.
Seamos, pues, tierra buena, escuchando la Palabra de Dios y poniéndola en práctica, como lo hizo nuestra Madre María, Santa María de Guadalupe. Ella acogió la Palabra del Padre y vino a nuestras tierras para anunciarnos que Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida.
Pidámosle a ella su intercesión para abrir nuestro corazón, como ella lo hizo, y cumplir la voluntad del Padre, caminando siempre según el Espíritu de Dios. Pongámonos de pie y abramos, no solo nuestra mente, sino sobre todo nuestro corazón.
Madre nuestra, Santa María de Guadalupe, al escuchar hoy que la creación entera gime y sufre dolores de parto, te pedimos tu auxilio para mantener una confianza plena en las enseñanzas de tu Hijo Jesús y continuar siendo sus fieles discípulos.
Ayúdanos a ser tierra buena, donde la semilla de la Palabra de Dios produzca abundantes frutos y, con la fuerza del Espíritu Santo, transformemos nuestros ambientes familiares y sociales para construir la civilización del amor que tanto desea Dios Padre y por la cual nos envió, a través de ti, a Jesucristo, nuestro Salvador.
En este domingo te encomendamos especialmente a nuestros hermanos de Venezuela, para que, en medio de la aflicción y el dolor provocados por el terremoto, experimenten la cercanía de tu consuelo maternal.
Todos los fieles aquí presentes nos ponemos bajo tu amparo. Tú que brillas en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza, acompáñanos siempre.
¡Oh clemente! ¡Oh piadosa! ¡Oh dulce Virgen María de Guadalupe! Amén.
